lunes, 6 de julio de 2009

La nueva Leda, de Darío Herrera

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La nueva Leda

de Darío Herrera


–La tarde está linda, mamá; hoy no siento ninguna fatiga, no he tosido desde esta mañana... ¿Ves? Respiro muy bien, y creo que pronto estaré buena. Déjame ir a Palermo: no es día de corso y el paseo me pondrá mejor... te lo aseguro.


La madre contempló a la hija con su angustiosa mirada de siempre, y un rayo de esperanza brilló en aquellos ojos. Sobre la demacración terrosa del rostro de la joven, aparecía difun­dida una leve aurora; las pupilas tenían resplandores más in­tensos, y todo el semblante ostentaba inusitada animación, cual si en aquel organismo, corroído por la tisis, comenzara a realizarse una resurrección milagrosa.


El permiso fue concedido; y de la Avenida Alvear la victo­ria partió, al trote del vigoroso tronco. Recostada sobre los cojines del carruaje, Julia bebía con fruición el aire oxigenado de la gran calzada. Iba sola, y esto la contrariaba. Experimentaba la necesidad de hablar; una alegría secreta, cual fluido mágico, le circulaba por los nervios. Nunca se sintió en tan benéfica disposición moral; sus ideas tejían sueños luminosos, y su cuerpo impregnado de ese jocundo baño interno, se aligera­ba, llenábase como de vida nueva, e imprimía a sus músculos agilidad y fuerza... Sí, experimentaba la necesidad de hablar, de comunicarse con alguien, y lamentaba no llevar a su lado a alguna amiga. Pero carecía de amistades íntimas, hacía va­rios años. El mal se inició durante el paso peligroso de la in­fancia a la pubertad, y su manifestación más significativa fue una melancolía constante, que la retrajo de todo trato social. No se la veía desde la época en que, sana y fresca como las yemas primaverales, vertía en torno suyo el encanto de su in­teligencia precoz y la gracia de su prometedora belleza. Así, atravesó en su victoria, inadvertida, por entre los concurren­tes de Palermo, y fue a situarse junto al lago, bajo la radiosa calma vespertina...


Y en la tarde declinante, el lago esplendía como un espejo, en su quietud bruñida. Los árboles de la orilla lo circundaban, proyectando sus sombras en el agua hospedadora. Por inter­valos, desprendíase alguna hoja seca, voltejeaba en el vacío, y descendía a posarse sobre la superficie temblorosa. De las ave­nidas inmediatas, sordos e intermitentes, llegaban el ruido de los carruajes, el rehilar de las bicicletas, o el murmurio de las pisadas de los paseantes. Y la sensación de soledad del sitio, rota un momento, recobraba su imperio; y entonces, vibraba más claro y musicalmente el vuelo de la brisa entre el ramaje sonoro. Arriba, el cielo lucía incólume su azul, pálido como seda antigua; y en el horizonte, una gran nube de violeta epis­copal, era como un suntuoso catafalco que la noche prepara­ba al sol.


De improviso, en un recodo del lago, muy cerca, surgieron dos cisnes; avanzaron, e inmovilizáronse luego sobre la onda trepidante. Parecían contemplar, con recogimiento medita­bundo, la extenuación de la luz. Eran distintos: el uno blan­co cual un copo de nieve virgen; y el otro negro como tercio­pelo funerario; ambos igualmente hermosos en sus opuestos plumajes... Julia los miraba desde su coche, en el que hacía unos minutos se tendía con languidez, perezosa, fatigada, mientras un secreto malestar, una vaga opresión, le acongoja­ba el pecho, tal como si una bomba neumática, lenta, furtiva­mente, le extrajera de los pulmones pequeñas dosis de aire. El cisne negro la entristecía, sin saber por qué; antojábasele un pájaro mortuorio, y su pico teñido en sangre por algún acto cruel. En cambio, el blanco, al cual iban con más insistencia sus ojos, le traía al cerebro una visión lejana, cuando, años an­tes, viajaba con sus padres por Europa: un cuadro pictórico, visto no se acordaba dónde, en París, o en Roma, o en Flo­rencia. En el cuadro, un soberbio cisne, de blancor lácteo, desplegaba amorosamente sus alas sobre el cuerpo desnudo de una mujer, cuyas carnaciones opulentas parecían bañadas en una luz blonda. El cuello del ave se estiraba hasta el rostro, y su pico posábase en la boca, audazmente, como ávido de beber la sonrisa de los labios entreabiertos… aquel cuadro mirado con indiferencia infantil, había persistido por uno de tantos fenómenos cerebrales, en la memoria de la niña, y de su estado latente pasaba ahora a evocación activa, cristalizándose, lleno de revelaciones… «¡Qué dulzura suprema –pensaba Julia– la de esas alas sedosas, tibias, sobre la piel estremecida de la inspiradora del cuadro!»


A este punto, un escalofrío le recomo el cuerpo como rá­faga glacial. La tarde, sin duda, se enfriaba. Arrebujóse en el abrigo, puesto en el coche por la previsión materna, y volvió a recostarse sobre los cojines. La fatiga le aumentaba; crecía el secreto malestar de su pecho. Intentó retirarse, mas la detuvo el pensamiento de que si allí, en aquel paraje despejado, el aire le era esquivo, peor le sería en cualquiera otra parte. Sin embargo, y a pesar del abrigo, un escalofrío más recio le frotó de nuevo la epidermis, sacudiéndola toda. Sutiles corrientes de hielo deslizábanse ahora en la circulación de su sangre. Los oídos le zumbaban. Por el rudo latir de las sienes adivinaba que la cabeza le dolía, que le dolía violentamente; empero, el dolor escapaba a su percepción mental, le era insensible. Y la ligereza fluida de su carne, en vez de aminorar, progresaba, prestándole la ilusión de ser ya un elemento etéreo... Súbito, el paisaje se nubló; los seres y las cosas circundantes palide­cieron, perdiendo sus perfiles y contornos. Luego se borra­ron, se disiparon, se extinguieron y ante sus ojos sólo quedó flotando una gruesa bruma gris.


En verdad, aquello era anormal. Así lo comprendió Julia. Dióse también cuenta de que en ella moraba la causa, de que había recrudecido su enfermedad, de que se hallaba, tal vez, muy grave. Convino, de modo cabal, en lo urgente de su re­greso a la casa; y trató de incorporarse para dar al cochero la Borden. Pero dominaba su voluntad una inercia imperiosa, y su pensamiento permaneció incapaz de exteriorizarse. Y no pudiendo abandonar su actitud, inapta a toda acción física, cerró, resignada, los ojos, al peso insostenible de los párpa­dos... Entonces, al través de ellos –cual si fueran substancia translúcida– vio operarse una como representación teatral, en la que, a un tiempo, ella actuaba y presenciaba, siendo, por tal virtud, la espectadora de sí misma.


En su casta desnudez, semejante a una flor cándida, Julia se mecía sobre el lago. El agua era templada; pero a ratos, colá­banse por entre ella hilos finísimos de un líquido más denso, un líquido congelante, a cuyo roce el cuerpo le tiritaba con temblores espasmódicos. El firmamento, velado por nubes caliginosas, era una lámina de plomo; y sobre ese fondo, som­bríamente gris, en el cénit, un sol enorme, níveo, como de plata fundida, flameaba. La hoguera meridiana encendía la at­mósfera; y ésta, bochornosa y rarefacta, producía en jadeos sofocados.


En torno suyo, distante, un cisne blanco trazaba círculos centrípetos. Verificaba la aproximación despacio, en silencio. A medida que se acercaba, engrandecía, abrillantándose su blancura hasta despedir reflejos deslumbradores. Ya junto a ella, gigantesco, irradió un calor húmedo, y la envolvió en él, provocándole una transpiración copiosa. En seguida le rozó el cutis con la felpa del plumón; el pico le cosquilleó en los labios, y las alas tendiéronse y empezaron a abanicarla rítmi­camente... Pero todos estos contactos no la deleitaban, ni le eran siquiera inofensivos; antes bien, causábanle agudos mar­tirios. El plumón tenía la frialdad cáustica de la nieve; sobre su boca el pico imitaba una ventosa que le sorbía, poco a poco, con tenacidad implacable, la respiración; y el aire, re­movido por aquel inmenso abanico, carecía de frescura, tor­nándose, al contrario, en una especie de gas, cada vez más as­fixiante. Y el terrible pájaro gravitaba, ya por entero, en sus miembros paralizados, con peso abrumador. Y le fue odioso, infinitamente odioso; y como su cuello curvo serpenteaba sin cesar delante de los ojos de ella –de nuevo abiertos, casi exorbitados– alargó los brazos para asírselo; para, a su turno, asfixiarlo, estrangulándolo, y de esta suerte cobrarle todo su sufrimiento...


La extraña dualidad que poseía le permitió verse: sus manos se agitaban en el espacio, persiguiendo, en pugna encarnizada, el cuello del cisne. Y aquel cuello serpentino la chasqueaba, siempre, evadiéndose de los dedos con vertiginosa rapidez, en una burla abominable, en un zigzaguear tormentoso. La lucha duró unos minutos; al fin cansada abatió los brazos, recuperán­dola su inercia. Y para salvarse, al menos, de la visión de esa víbora blanca –la cual, después de oscilar burlona ante su vis­ta, reanudaba en los labios la horrible succión del aliento– con­virtió los ojos a lo alto. El cielo presentaba una modificación siniestra: tenía ahora el tinte de un terciopelo fúnebre. Y sobre aquella techumbre fatídica, fijo aún en el cénit, el sol se había trocado, en una esfera roja, de un rojo sangriento y opaco. También la actitud de ella en el lago era diferente: hallábase en pie, rígida, encima del agua, que la soportaba y retenía como una imantada superficie sólida. Y así, erguida, el malestar interno se guía su labor torturadora, duplicado, mientras fuera las alas con­tinuaban abanicándola, removiendo, transmutando el aire, enviándoselo en ondas crecientes de gas asfixiador. Y sobre su car­ne convulsiva el contacto del plumón era más frío...


Un brusco dolor en el pecho, un dolor atroz, destrozante como una mordedura la obligó a bajar los ojos. Y su espanto no tuvo límites. El monstruoso pájaro le horadaba el pecho, arrancándole pedazos de carne viva... La miraba agresivo dar–deándola con sus pupilas íbsfóreas en centelleos malignos. Luego, el pico volvió a penetrarle por el seno izquierdo, tala­drándoselo, y empezó, dentro, a hurgarle en el pulmón, a mordérselo, a desgarrárselo, deshilacliándoselo fibra por fibra con parsimonia feroz. El suplicio de ella era horroroso, y lo acrecentaba hasta lo imponderable su tiránica inercia...


Ya se creía condenada irredimible de aquella tortura, cuan­do he ahí que un tercer actor intervino, surgiendo, de repen­te, entre ambos. Era un cisne negro, gigantesco también, de lustroso pico escarlata, de plumaje aterciopelado, de aspecto, a la vez, lúgubre y espléndido. Y a su presencia, el blanco re­trocedió, se alejó, huyó veloz, evaporándose en la penumbra reinante... «Éste viene a seguir más cruelmente la obra del otro» –se dijo Julia, desesperada. Pero ¡oh prodigio! el negro cisne la estaba contemplando benigno, con ojos cariñosos, con ojos maternales, con ojos de una infinita dulcedumbre. Y sus alas se abrieron, y la arroparon, tibias, sedosas, acari­ciantes. Y aquella comunión de sus cuerpos, infiltraba en el de Julia un bienestar inefable: le anestesiaba el pecho, se lo untaba como de un bálsamo maravilloso, y le desvanecía to­dos los dolores, todas las angustias, todos los tormentos... En tanto, no se apartaban de los suyos los ojos del ave, llenos de no sabía qué ultraterrena ternura. Después, el pico la besó en la boca... y Julia sintió que deliciosamente se dormía.


Fue el beso piadoso de la muerte...


Kotász Károly





Darío Herrera (1870 - 1914) fue un famoso escritor modernista y diplomático panameño. Como diplomático desde 1897 recorrió Ecuador, Perú, Chile y Argentina, colaborando en éste país en el periódico La Nación de Buenos Aires. En 1904 es nombrado Cónsul en Francia, pero renuncia poco después por motivos de salud. Entre 1905 y 1906 visitó Cuba, El Salvador y México, donde realizó periodismo. En 1908 fue nombrado vicecónsul en El Callao, Perú; y en enero de 1911 fue nombrado Cónsul general. En enero de 1913 es nombrado Cónsul en Valparaíso, Chile; donde fallece.






Darío Herrara destaca sobre todo en el género narrativo, aunque en vida es reconocido sobre todo por su poesía. Gozó de prestigio continental y disfrutó del aprecio de los mejores escritores de su época. La obra poética de Herrera se caracteriza por una marcada influencia de Ruben Darío, y al igual que los parnasianos, demuestra una constante preocupación léxica y formal. En 1903 publicó Horas lejanas, el primer libro de cuentos publicado por un panameño y donde se recioge el cuento "La nueva Leda"

2 comentarios:

  1. Estoy encantado de estudiar la vida y obra de Dario del Carmen Herrera de las Rosas. Yo no me explico por qué este poeta no es mencionado con alarde en Panamá ni en los otros países. Su poesía no tiene que envidiarle a ningún poeta modernista del mundo; y en cuanto a sus cuentos, son deliciosos, atraen, embelesan al lector.
    He estado buscando las esposas que tuvo y los hijos que hicieron parte de su descendencia, y no lo he podido hallar. Eso es obvio, pues sino se conoce ampliamente al poeta, ¿cómo conocer su familia?

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