miércoles, 19 de agosto de 2009

La interpretación erótica del mito de Leopoldo Perdomo

De la princesa Leda y el cisne divino

de Leopoldo Perdomo


Cuenta Herodonte que las únicas dulzuras que se le conocen a Zeus Poderoso son los momentos en que queda dominado por el espíritu de Afrodita. Y ahora mismo empiezo con la historia que es muy poética e instructiva.

Había una princesa muy bella llamada Leda que gustaba de tumbarse en un prado de fina yerba, escuchando el canto de las cigarras. Yacía con frecuencia así, con los muslos desnudos al sol y expuestos a las miradas indiscretas de los dioses. Una corneja parlanchina, que volaba por aquellos parajes, empezó a dar escandalosos graznidos al ver a la princesa semidesnuda. De todos es sabido que las cornejas son muy sensibles a la belleza desnuda de las princesas. Atraído por esta algarabía, el divino Zeus, que iba camino de Troya, se acercó para ver lo que pasaba.

Y al contemplar la belleza sin par de la princesa quedó prendado de ella en un instante. Pues ya sabéis que las pasiones de los dioses se desatan en cualquier momento impredecible. Así que, temiendo asustar a la princesa, con su figura gloriosa y resplandeciente, tomó la forma de un cisne de gran tamaño y orgullosos ademanes. Pues los dioses saben que las princesas siempre se chiflan por las cosas bien medidas. Y añade la historia que las plumas deste cisne eran blancas como la nieve.

Con este disfraz, el dios se acercó para cortejar a la princesa. Ésta a la vista de este bello cisne levantó su cuerpo y quedó sentada sobre la yerba para ver mejor el prodigio.

De modo que el cisne divino empezó a pavonearse, con gran excitación, pasando por delante de la princesa, una y otra vez. Y de cuando en cuando, agitaba con fuerza sus alas blancas, provocando con este gesto un huracán de lujuria concupiscente. En otros momentos, el cisne movía con lascivo vaivén su dulce y sensible cola enamorada. Y la alzaba y se giraba para enseñarle su rosácea protuberancia amorosa; aunque esta solo era una leve muestra de la inmensa promesa de amor que aún seguía dentro.

Comentan los filósofos que los cisnes tienen un apéndice de notorias proporciones. Y por eso especulan sobre las dimensiones que habría de tener un cisne de naturaleza divina. Todo lo que sabemos sobre este tema está inspirado solo en la fe.

Y en estas andaba el cisne cuando, de pronto, estiraba su largo cuello y hacía sonar la dulce trompeta de su voz enardecida por los deseos amorosos. Estos pavoneos y este trompeteo fueron encendiendo una llama de pasión en el corazón loco de la princesa. Su corazón se aceleraba y Leda sentía unas punzadas placenteras y un calor sensible en... ese punto íntimo y casto del que nunca hablamos. La temperatura de la princesa fue subiendo y una vez que la pasión se puso incandescente, ya no dudó en echarse sobre la dulce yerba y separó sus níveos muslos para aceptar sobre su cuerpo al enorme cisne enamorado. Éste colocó sus palmeadas y cálidas patas sobre el vientre mullido de la princesa que notó un gran placer al sentir el peso de aquella divinidad. Y luego, con pasmosa habilidad, el cisne acercó su parte sensible a la cálida ranura. Y enseguida el dios encontró, en ese lugar sagrado, la cosa más dulce que allí se esconde. Y con su grueso apéndice sonrosado y cálido, le fue acariciando con insistencia en ese lugar al que algunos llaman "la faba de Afrodita". El punto se excitó mucho con la divina cortesía; por lo que se puso rubicundo y acalorado. Por eso salió de su estuche protector y se puso vibrante y tenso. Y dicen que se dejó acariciar longamente por el dulce y cálido apéndice divino. Tenían mucho que decirse y pasaron mucho tiempo conversando.

Estos intercambios de dulzura pusieron a la princesa en situación de dar alaridos incontrolados de placer. Y mientras andaba en estos delirios, el divino cisne la penetró lentamente con su enorme apéndice rosado y sensible. Ella notó el volumen penetrante y sintió que el fuego del dios la invadía, se expandía por todo su cuerpo y le llegaba hasta el corazón. Así que vivió aquellos momentos con un gran deleite. Eso le dejo la respiración y todos sus músculos en constantes agitaciones. Y cuando el ardor y el placer parecían agotados, de pronto sentía la princesa que el miembro divino penetraba otra vez en toda su gloria. Y la llenaba totalmente y le hacía sentirse henchida como si nada más cupiera dentro de su cuerpo. Y deste modo, las sensaciones se iban y se venían. Y los fuegos, ora, se incrementaban y crecían, ora, menguaban para volver a crecer, todo con ritmo lento. Y esto ocurría una y otra vez. Y se generaba en su cuerpo un gozo inmenso que la princesa jamás había conocido.

En estas andaba la pareja cuando el cisne enamorado alongó su cuello buscando la boca de la princesa. Ésta abrió sus labios para aceptar el pico divino. Entonces, el cisne enamorado abrió su pico aplanado y surgió de allí, como en un milagro, una lengua gruesa y alargada que penetró en la boca de la princesa. Ésta acogió con amor la lengua del cisne que la penetró profundamente. Sentía la bella Leda en su boca las palpitaciones, toda la plenitud y el fuego húmedo del dios. Y con todas estas sensaciones, la princesa gemía y jadeaba de placer. Y éste era tan inmenso que su corazón galopaba como un caballo salvaje.

En algún momento, las emociones se hicieron tan intensas que se oyeron unos tremendos alaridos de la princesa y le vinieron unas fuertes agitaciones. Fue en ese instante cuando la divinidad batió con fuerza sus poderosas alas. Y se dice el divino cisne lanzó un potente sonido por su cuello trompetero. Tanta debió ser la fuerza del sonido que vino a oírse en toda la tierra del Peloponeso.

En respuesta a este orgasmo divino, las nubes lanzaron un increíble aguacero de lluvia caliente sobre ellos y enseguida se oyó un trueno que estremeció la tierra. Y dicen que el aire se llenó de excitantes aromas que invitaban al amor. Y estos efluvios penetrantes y placenteros se esparcieron por toda la región durante años.

En esos tiempos todos los guerreros, y hasta los mismos esclavos, iban con el apéndice carnal siempre erecto. Y las damas, y las inocentes doncellas, sentían constantemente un calor en su casta ranura y unas urgencias muy difíciles de contener.
En esas siguieron los enamorados, durante días y días. Y lo hacían ahora y otra vez minutos más tarde. Estos justificados motivos no les dejaban hacer ni pensar en otra cosa que tuviera mayor interés.

A los treinta días, y como consecuencia de estas dulces copulaciones, la princesa puso un huevo semi-divino de notorias dimensiones. Y deste huevo sin igual nacieron tres seres maravillosos: Helena, Castor y Pollux. Estos seres encantadores dieron origen a muy bellas historias para que pudieran comer con ellas los poetas que cantan en los banquetes.

Algunos dicen que, como premio a los dulces servicios, la princesa Leda fue convertida en diosa. Pero, la divina Hera, esposa y hermana de Zeus, llevaba muy mal los cuernos. Así que tuvo un justificado ataque de celos. Hacía cuatro semanas que no veía a su marido por el lecho nupcial. Enterada de todo lo ocurrido por una corneja de lengua muy suelta, puso guardias armados a las puertas de bronce del Olimpo y jamás permitió que la princesa pisara los predios sagrados del monte.

En consecuencia, Zeus compensó a la princesa con un espacio vacante en el cielo. Y la colocó como una nueva estrella, que brilla con amoroso parpadeo, en la constelación llamada del Cisne.

En las noches de verano nos tumbamos perezosamente sobre la dulce yerba y miramos las estrellas del cielo. Al ver el parpadeo de las estrellas del cisne, recordamos la aventura maravillosa de la princesa Leda y el divino cisne enamorado. Y con estos dulces pensamientos reforzamos los fundamentos de nuestra fe sincera.


Ver Afrodisia, el libro completo de Leopoldo Perdomo

1 comentario:

  1. Ardiente lectura para tan frio invierno. Grato encontrarse con su blog. con sus entradas y hasta con Vd. misma.

    Saludos.

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