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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Los cantos homéricos en honor a los hijos de Leda y Zeus


Aunque Homero, el sempiterno aedo, no hace referencias tan directas como quisiéramos a la leyenda de Leda y el Cisne ni en la Ilíada ni en la Odisea, curioseando nos topamos con una traducción de los Himnos Homéricos de Luis Segalá y Estalella que, sin embargo, hacer un breve guiño para alavar a los Dióscuros Póllux y Castor, a su divinal nacimiento y al don de los Dióscuros para rescatar a los nautas perdidos. He aquí, una de las piezas más hermosas de los Himnos Homéricos:


"Habládme, oh Musas de ojos vivos, de los Dióscuros Tindáreos, hijos preclaros de Leda, la de hermosos tobillos, -Castor, domador de caballos y el irreprensible Polideuces, -a los cuales aquélla, habiéndose unido amorosamente con el Cronión, el de las sombrías nubes, dio a luz bajo la cumbre del gran monte Taigeto para que fueran salvadores de los hombres terrestres y de las naves del curso rápido cuando las tempestades invernales arrecian en el implacable ponto. Entonces, los que navegan invocan suplicantes a los hijos del gran Zeus y, subiendo a la parte más alta de la popa, les ofrecen blancos corderos. Y cuando ya el fuerte viento y las olas del mar empiezan a sumergir la nave, aparecen repentinamente los Dioscuros, lanzándose a través del éter con sus alas doradas, y en seguida calman los torbellinos de los terribles vientos y allanan las olas en el piélago del blanco mar, hermosos señales de su trabajo en favor de los marineros; quienes, al notarlo, se alegran y ponen fin a su penosa labor.

Salud, Tindáridas, cabalgadores de rápidos corceles; más yo me acordaré de vosotros y de otro canto".


Pollux
Ray Caesar



Castor
Ray Caesar



Anna Mumaw

jueves, 20 de agosto de 2009

Madrid, hija de Leda


Revisando la hemeroteca del diario ABC, centenario periódico español, nos hemos topado con una interesante columna, sin título, que nos cuenta la verdadera historia de Leda como madre de Madrid. El miércoles 31 de julio de 1963, el genial narrador y periodista ya fallecido "Cándido" escribió en la página 37 de la edición matinal un artículo de denuncia donde utiliza a Leda como curioso recurso narrativo. Interesante, sugerente...

No se sabe cuándo, pero el caso es que pudo verse un gran toro resplandeciente que avanzaba entre las olas de la mar. En la playa estaba Leda. "Quieres salir conmigo esta noche?", le dijo el toro. "¡Ni hablar! - dijo ella-. ¿No te basta Pasifae?" "¿Pasifae? -repuso el toro poniendo cara de idiota-. No sé quién es." "Tú no sabrás quién es -contesto la moza-, pero el minotauro ya va a la escuela." El toro, viéndose cogido, bramó estremecedoramente y se fue. Entonces apareció el cisne, cosa que ustedes ya saben. Lo que ignoran es que todo lo que se ha contado sobre el particular no es más que una calumnia. La verdad es que Leda agarró una escopeta en cuanto el cisne le propuso casarse y le soltó cuatro escopetazos. Solamente se quedó el canto del cisne. Y entonces apareció el oso. Lento, pero seguro, el oso cautivó el corazón de Leda, y poco después nació el primer retoño. El tal retoño fue Madrid. Esta es la verdadera leyenda, que con mucho gusto les hemos referido. La leyenda puntual de de Madrid. Hija de Leda, esta ciudad es grácil y armoniosa; tiene un no sé qué. Hija de un oso, de un oso madroñero, es lenta, lenta hasta la exasperación, como un padre. Lenta, pero segura. Los ciclos dentro de los cuales Madrid vive, se desarrolla y progresa sobrepasan con mucho la vida humana. De ahí que parezca que esto no se mueve, que no fluya, que nada se arregle, que todo se posponga. Cuestión de perspectiva. Puro fenómeno óptico. Se mueve y progresa dentro del sistema de coordenadas de los grandes plantígrados. Ustedes dirán que esto no progresa, pues, por ejemplo, advertimos hasta la saciedad el peligro que representaba el seta de la avenida del Generalísimo, cerca de la plaza de San Juan de la Cruz, donde entre otros accidentes hubo uno mortal a fines de año y hace poco ha vuelto a matarse otra persona por la misma causa. Dirán ustedes que ya toca en mal gusto nuestra insistencia en torno a la flagrante irregularidad de las tómbolas, y, no obstante, ahí siguen. Nos gritarán que nadie más duros que nosostros con la muchedumbre de tenderetes y puestos que convierten Madrid en un zoco a más de construir una auténtica especulación con el suelo, y ahí nos tienen ustedes. ¿Y el ruido, del que hoy es rey ese compresor situado a la entrada principal del Metro de Cuatro CAminos? ¡No hablemos de los baches!


Pues bien. Todo eso no ha sido resuelto, pero se está resolviendo... Sólo que nosotros no lo veremos. Madrid, ciudad hija de un oso, va con otro ritmo del nuestro. Pero las cosas se están arreglando. De eso no les quepa la menor duda.

Cándido


Ulla Walter


Carlos Luis Álvarez Álvarez, más conocido por su seudónimo Cándido (Oviedo, 14 de enero de 1928 - Madrid, 15 de agosto de 2006), escritor español y periodista.

Hijo de periodista, estudió Derecho, pero antes de licenciarse se matriculó en la Escuela Oficial de Periodismo, en la que se graduó en 1955. Comenzó su carrera periodística en 1956 en el diario madrileño ABC (España), donde estuvo hasta 1978 e hizo muy popular su seudónimo Cándido en homenaje al famoso personaje de Voltaire, aunque también usó el menos popular de Arturo en publicaciones como Arriba y Pueblo. Subdirector de la revista Índice entre 1969 y 1970. Colaboró en El Español, Juventud, Arriba y la prensa del Movimiento (1975). Fue redactor en Pueblo (1975-1976) y en la Hoja del Lunes de Madrid (1978). Columnista de Informaciones en 1979. Volvió a ABC con la columna 'De ayer y de hoy', y luego empezó a colaborar con los editores del Grupo Z. Dirigió la última etapa de La Codorniz hasta su cierre en 1978 y formó parte del grupo creador de Hermano Lobo. Entre 1982 y 1983 fue cuatro meses jefe del Gabinete de Relaciones Externas de RTVE, cargo del que dimitió en abril. Fue asesor de Presidencia del Grupo Zeta, Consejero de la Agencia EFE y de Telemadrid. Colaboró en las publicaciones Tiempo, Interviú, El periódico de Cataluña y la Agencia de Información OTR. Miembro de la Asociación de Periodistas Europeos (APE), presidió la sección española de esta asociación desde su fundación en 1981 hasta su fallecimiento.

Escribió varias obras, entre ellas Las ciento y una últimas horas de Cándido, La rueda. Miseria y esplendor de la India (1965), Penúltima hora, Azorín ante el cine, Caperucita y los lobos (1976), Setenta y cuatro artículos de Cándido en ABC (1982). En 2001 publicó dos obras, Pecado escarlata y ¿Qué es la dignidad? También esautor de numerosos libros de memorias interesantes por su espléndido estilo y por la penetración de sus análisis sobre la vida española del franquismo y la transición: Un periodista en la dictadura (1976), que salió muy estragado de erratas; De ayer a hoy (1978) y Memorias prohibidas (1995), sin duda el más importante y autobiográfico de todos. Un año después publicó La sangre de la rosa. El poder y la época (1982-1996), en el que realiza un análisis crítico de los gobiernos del PSOE. Como articulista le caracterizó la concisión, una inteligente ironía y un extenso y humanista bagaje cultural de base grecolatina, como lo demuestra la columna seleccionada.

Falleció en Madrid el 15 de agosto de 2006 a causa de un cáncer de colon que padecía desde hacía tiempo agravado por su diabetes crónica.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La interpretación erótica del mito de Leopoldo Perdomo

De la princesa Leda y el cisne divino

de Leopoldo Perdomo


Cuenta Herodonte que las únicas dulzuras que se le conocen a Zeus Poderoso son los momentos en que queda dominado por el espíritu de Afrodita. Y ahora mismo empiezo con la historia que es muy poética e instructiva.

Había una princesa muy bella llamada Leda que gustaba de tumbarse en un prado de fina yerba, escuchando el canto de las cigarras. Yacía con frecuencia así, con los muslos desnudos al sol y expuestos a las miradas indiscretas de los dioses. Una corneja parlanchina, que volaba por aquellos parajes, empezó a dar escandalosos graznidos al ver a la princesa semidesnuda. De todos es sabido que las cornejas son muy sensibles a la belleza desnuda de las princesas. Atraído por esta algarabía, el divino Zeus, que iba camino de Troya, se acercó para ver lo que pasaba.

Y al contemplar la belleza sin par de la princesa quedó prendado de ella en un instante. Pues ya sabéis que las pasiones de los dioses se desatan en cualquier momento impredecible. Así que, temiendo asustar a la princesa, con su figura gloriosa y resplandeciente, tomó la forma de un cisne de gran tamaño y orgullosos ademanes. Pues los dioses saben que las princesas siempre se chiflan por las cosas bien medidas. Y añade la historia que las plumas deste cisne eran blancas como la nieve.

Con este disfraz, el dios se acercó para cortejar a la princesa. Ésta a la vista de este bello cisne levantó su cuerpo y quedó sentada sobre la yerba para ver mejor el prodigio.

De modo que el cisne divino empezó a pavonearse, con gran excitación, pasando por delante de la princesa, una y otra vez. Y de cuando en cuando, agitaba con fuerza sus alas blancas, provocando con este gesto un huracán de lujuria concupiscente. En otros momentos, el cisne movía con lascivo vaivén su dulce y sensible cola enamorada. Y la alzaba y se giraba para enseñarle su rosácea protuberancia amorosa; aunque esta solo era una leve muestra de la inmensa promesa de amor que aún seguía dentro.

Comentan los filósofos que los cisnes tienen un apéndice de notorias proporciones. Y por eso especulan sobre las dimensiones que habría de tener un cisne de naturaleza divina. Todo lo que sabemos sobre este tema está inspirado solo en la fe.

Y en estas andaba el cisne cuando, de pronto, estiraba su largo cuello y hacía sonar la dulce trompeta de su voz enardecida por los deseos amorosos. Estos pavoneos y este trompeteo fueron encendiendo una llama de pasión en el corazón loco de la princesa. Su corazón se aceleraba y Leda sentía unas punzadas placenteras y un calor sensible en... ese punto íntimo y casto del que nunca hablamos. La temperatura de la princesa fue subiendo y una vez que la pasión se puso incandescente, ya no dudó en echarse sobre la dulce yerba y separó sus níveos muslos para aceptar sobre su cuerpo al enorme cisne enamorado. Éste colocó sus palmeadas y cálidas patas sobre el vientre mullido de la princesa que notó un gran placer al sentir el peso de aquella divinidad. Y luego, con pasmosa habilidad, el cisne acercó su parte sensible a la cálida ranura. Y enseguida el dios encontró, en ese lugar sagrado, la cosa más dulce que allí se esconde. Y con su grueso apéndice sonrosado y cálido, le fue acariciando con insistencia en ese lugar al que algunos llaman "la faba de Afrodita". El punto se excitó mucho con la divina cortesía; por lo que se puso rubicundo y acalorado. Por eso salió de su estuche protector y se puso vibrante y tenso. Y dicen que se dejó acariciar longamente por el dulce y cálido apéndice divino. Tenían mucho que decirse y pasaron mucho tiempo conversando.

Estos intercambios de dulzura pusieron a la princesa en situación de dar alaridos incontrolados de placer. Y mientras andaba en estos delirios, el divino cisne la penetró lentamente con su enorme apéndice rosado y sensible. Ella notó el volumen penetrante y sintió que el fuego del dios la invadía, se expandía por todo su cuerpo y le llegaba hasta el corazón. Así que vivió aquellos momentos con un gran deleite. Eso le dejo la respiración y todos sus músculos en constantes agitaciones. Y cuando el ardor y el placer parecían agotados, de pronto sentía la princesa que el miembro divino penetraba otra vez en toda su gloria. Y la llenaba totalmente y le hacía sentirse henchida como si nada más cupiera dentro de su cuerpo. Y deste modo, las sensaciones se iban y se venían. Y los fuegos, ora, se incrementaban y crecían, ora, menguaban para volver a crecer, todo con ritmo lento. Y esto ocurría una y otra vez. Y se generaba en su cuerpo un gozo inmenso que la princesa jamás había conocido.

En estas andaba la pareja cuando el cisne enamorado alongó su cuello buscando la boca de la princesa. Ésta abrió sus labios para aceptar el pico divino. Entonces, el cisne enamorado abrió su pico aplanado y surgió de allí, como en un milagro, una lengua gruesa y alargada que penetró en la boca de la princesa. Ésta acogió con amor la lengua del cisne que la penetró profundamente. Sentía la bella Leda en su boca las palpitaciones, toda la plenitud y el fuego húmedo del dios. Y con todas estas sensaciones, la princesa gemía y jadeaba de placer. Y éste era tan inmenso que su corazón galopaba como un caballo salvaje.

En algún momento, las emociones se hicieron tan intensas que se oyeron unos tremendos alaridos de la princesa y le vinieron unas fuertes agitaciones. Fue en ese instante cuando la divinidad batió con fuerza sus poderosas alas. Y se dice el divino cisne lanzó un potente sonido por su cuello trompetero. Tanta debió ser la fuerza del sonido que vino a oírse en toda la tierra del Peloponeso.

En respuesta a este orgasmo divino, las nubes lanzaron un increíble aguacero de lluvia caliente sobre ellos y enseguida se oyó un trueno que estremeció la tierra. Y dicen que el aire se llenó de excitantes aromas que invitaban al amor. Y estos efluvios penetrantes y placenteros se esparcieron por toda la región durante años.

En esos tiempos todos los guerreros, y hasta los mismos esclavos, iban con el apéndice carnal siempre erecto. Y las damas, y las inocentes doncellas, sentían constantemente un calor en su casta ranura y unas urgencias muy difíciles de contener.
En esas siguieron los enamorados, durante días y días. Y lo hacían ahora y otra vez minutos más tarde. Estos justificados motivos no les dejaban hacer ni pensar en otra cosa que tuviera mayor interés.

A los treinta días, y como consecuencia de estas dulces copulaciones, la princesa puso un huevo semi-divino de notorias dimensiones. Y deste huevo sin igual nacieron tres seres maravillosos: Helena, Castor y Pollux. Estos seres encantadores dieron origen a muy bellas historias para que pudieran comer con ellas los poetas que cantan en los banquetes.

Algunos dicen que, como premio a los dulces servicios, la princesa Leda fue convertida en diosa. Pero, la divina Hera, esposa y hermana de Zeus, llevaba muy mal los cuernos. Así que tuvo un justificado ataque de celos. Hacía cuatro semanas que no veía a su marido por el lecho nupcial. Enterada de todo lo ocurrido por una corneja de lengua muy suelta, puso guardias armados a las puertas de bronce del Olimpo y jamás permitió que la princesa pisara los predios sagrados del monte.

En consecuencia, Zeus compensó a la princesa con un espacio vacante en el cielo. Y la colocó como una nueva estrella, que brilla con amoroso parpadeo, en la constelación llamada del Cisne.

En las noches de verano nos tumbamos perezosamente sobre la dulce yerba y miramos las estrellas del cielo. Al ver el parpadeo de las estrellas del cisne, recordamos la aventura maravillosa de la princesa Leda y el divino cisne enamorado. Y con estos dulces pensamientos reforzamos los fundamentos de nuestra fe sincera.


Ver Afrodisia, el libro completo de Leopoldo Perdomo

sábado, 25 de julio de 2009

Leda en la Eneida: de amante a madre y abuela


De Publio Virgilio Marón, La Eneida relata la historia de Eneas desde que huyó desde las costas de la destruida Troya hasta las costas de Lavinia, para fundar lo que sería la gran ciudad de la antiguedad: Roma. El héroe Eneas según palabras de Virgilio "mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad y llevar a sus dioses al Lacio, de donde vienen el linaje latino y los senadores Albanos, y las murallas de la soberbia Roma".

Según cuentan, la Eneida fue una obra escrita por encargo del Emperador Augusto, quien necesitaba refundar el Imperio y subir la autoestima del pueblo romano, dándole a este un origen mitico: nada más y nada menos eran descendientes de Venus y de Zeus.

Tres referencias directas, de los doce libros, encontramos en la Eneida sobre Leda, nunca la mencionan como amante de Zeus, pero sí como la madre de Helena, quien tantos daños causó a la ciudad de Troya, pues a ella y a sus descendientes, los troyanos deben tanto sufrimiento.

Libro I

Dido, la triste reina, le pide a Eneas que cuente su historia. Mientras esto se dispone a hacer, manda a buscar a su hijo Ascanio. También pide que traigan algunos regalos (un poco de lo que quedó de la ruina de Troya) para la reina Dido, entre los regalos encontramos la primera referencia a Leda, ya no como la amante de Zeus, sino como la madre de la fatal Helena:

"ornatus Argivae Helenae, quos illa Mycenis,
Pergama cum peteret inconcessosque hymenaeos,
extulerat, matris Ledae mirabile donum [...]

"Manda además traer unas preseas, salvadas de las ruinas de Ilión:
una falda recamada de figuras de oro
y un manto bordado en derredor de rojo acanto,
galas de la argiva Helena, que llevó de Micenas cuando fue a Troya
tras un infando himeneo, admirable presente de su madre Leda".

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Libro III

Andrómaca, la esposa de Héctor, le cuenta a Eneas sus infortunios, he allí que encontramos otra referencia a la descendencia de Leda. Habla sobre Hermione, la hija de Helena y Menelao y el infortunio que a ella, esposa de príncipe, le tocó seguir después de la caída de Troya:

(325) nos patria incensa diuersa per aequora uectae
stirpis Achilleae fastus iuuenemque superbum
seruitio enixae tulimus; qui deinde secutus
Ledaeam Hermionen Lacedaemoniosque hymenaeos
me famulo famulamque Heleno transmisit habendam.

[...], Yo después del incendio de Troya, llevada por diversos mares
tuve que sufrir la insolencia de un mancebo soberbio,
hijo de Aquiles, y concebí en la esclavitud;
el cual, prendado al poco tiempo de Hermione, nieta de Leda,
y prefiriendo enlazarse con una Lacedemonia,
me entregó a mí, su sierva, por esposa de su siervo Eleno".

El mancebo soberbio es Neoptólemo, hijo de Aquiles, de quien tuvo descendencia: Pérgamo, Píelo y Moloso.
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Libro VII

at non sic Phrygius penetrat Lacedaemona pastor,
Ledaeamque Helenam Troianas uexit ad urbes?
"¿No penetró así en Lacedemonia el pastor frigio y se llevó a Helena, hija de Leda, a las ciudades troyanas?"


Moonywolf

domingo, 19 de julio de 2009

Ovidio y Leda: entre Paris y Helena


El erótico poeta latino (el expulsado por amar y erotizar a través de la palabra escrita), nos deja un regalo, breve, contundente y corto: algunos guiños latinos, difíciles de obviar.


En su obra Epistulae Heroidum (o Heroides), Ovidio se inspira en aquellas mujeres (semidiosas o heroínas -como indica la traducción- de la cultura, de la religión, de la mitología, del amor), que perdieron o se alejaron de sus amantes por circunstancia adversas.



Ovidio plasma de manera rotunda lo que se siente ante la ausencia, el olvido, la distancia (la maldita distancia), o la pérdida del amor, a través de veintiún cartas que se intercambian esos grandes amores: Penélope y Ulises, Briseida a Aquiles, Dido a Eneas (una de mis favoritas), Deyanira a Hércules; Medea a Jasón, entre otros amores. En las últimas seis cartas Ovidio introduce una variante: los amantes se dan respuestas.

En la epistola 16 es París quien a Helena escribe y allí, están varios guiños, al origen divino de Helena, lo que hace imposible no mencionar al travieso Cisne y a la fogosa Leda.

París le cuenta a Helena cómo dio con ella, qué lo llevó a Esparta, e inevitablemente le narra el juicio, en el que (¿seducido? ¿comprado? ¿sobornado?) la pícara diosa del amor, Venus, tranquilizando al aterrado Paris, le ofrece a la hermosa hija de Leda:

"dulce Venus risit; 'nec te, Pari, munera tangant
utraque suspensi plena timoris,' ait;

'nos dabimus, quod ames, et pulchrae filia Ledae
ibit in amplexus pulchrior illa tuos.'"

En otro guiño, París recordando el momento en el que se encuentra ya en Esparta, menciona su impacto, cuando, por una floja túnica, puede ver el níveo pecho de Helena:

"tunica tua pectora laxa
atque oculis aditum nuda dedere meis
pectora vel puris nivibus vel lacte tuamve
complexo matrem candidiora Iove."

Y más adelante, el enamorado Paris, puntualiza:

"Iuppiter his gaudet, gaudet Venus aurea furtis;
haec tibi nempe patrem furta dedere Iovem.
vix fieri, si sunt vires in semine amorum,
et Iovis et Ledae filia casta potes."

A diferencia de las otras parejas, Helena, en la epistola 17, le envía a Paris su respuesta -un poco menos encendida, menos erotizada- y allí también, Ovidio nos hace otro regalo, otros dos guiños:

"...matris in admisso falsa sub imagine lusae error inest;
pluma tectus adulter erat
".

Y un poco más adelante, Helena es más específica contando su origen:

"dat mihi Leda Iovem cygno decepta parentem,
quae falsam gremio credula fovit avem".



Jean François Bremond

Salve Ovidio, gaudeamus....

(Para el Cisne, para que no olvide cómo conoció a Leda)

viernes, 10 de abril de 2009

Entre las hojas de "En busca del tiempo perdido", de Marcel Proust

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El genial escritor francés Marcel Proust esconde entre las letras "La fugitiva", la novela numero seis de la serie "En busca del tiempo perdido", unas breves letras dedicadas a nuestra anhelada Leda.

En francés original:

"Me souvenant de ce qu'Albertine était sur mon lit, je croyais voir sa cuisse recourbée, je la voyais, c'était un col de cygne, il cherchait la bouche de l'autre jeune fille. Alors je ne voyais même plus une cuisse, mais le col hardi d'un cygne, comme celui qui dans une étude frémissante cherche la bouche d'une Léda qu'on voit dans toute la palpitation spécifique du plaisir féminin, parce qu'il n'y a qu'un cygne et qu'elle semble plus seule, de même qu'on découvre au téléphone les inflexions d'une voix qu'on ne distingue pas tant qu'elle n'est pas dissociée d'un visage où l'on objective son expression. Dans cette étude le plaisir au lieu d'aller vers la face qui l'inspire et qui est absente, remplacée par un cygne inerte, se concentre dans celle qui le ressent".

En español:

"Recordando lo que Albertina era sobre mi cama, creía ver su pierna curvada, la veía, era un cuello de cisne que buscaba la boca de la otra muchacha. Entonces ya ni siquiera veía una pierna, sino el cuello atrevido de un cisne como el que, en un estudio estremecido, busca la boca de una Leda que se ve en toda la palpitación específica del placer femenino, porque no hay más que un cisne y parece más sola, de la misma manera que descubrimos en el teléfono las inflexiones de una voz que no distinguimos mientras no se disocia de un rostro en el que se objetiva su expresión. En este estudio, el placer, en lugar de ir hacia la mujer que lo inspira y que está ausente, reemplazada por un inerte cisne, se concentra en lo que siente".

En este breve texto, el protagonista, enfebrecido por su pasión, relaciona la visión del cuadro "Leda y el Cisne" de Moureau, con su amada Albertina.
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Marcel Proust nació en París, el 10 de julio de 1871, en el seno de una familia adinerada. Estudió en el Liceo Condorcet. Comenzó la carrera de derecho, pero pronto abandonó sus estudios para relacionarse con la sociedad elegante de París y dedicarse a escribir. Su primera obra, una colección de ensayos y relatos titulada Los placeres y los días (1896), es sólo discreta, pero muestra dotes de observador para reproducir las impresiones recogidas en los salones de la ciudad. Este material lo emplearía con más eficacia en obras posteriores. Aquejado de asma desde su infancia, a los 35 años se convirtió en un enfermo crónico. Pasó el resto de su vida recluido, sin abandonar prácticamente nunca la habitación revestida de corcho donde escribió su obra maestra En busca del tiempo perdido.

En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu) es una serie de novelas de Marcel Proust, escritas entre 1908 y 1922 y publicadas entre 1913 y 1927 y que consta de siete entregas, de las que las tres últimas son póstumas. Más que del relato de una serie determinada de acontecimientos, la obra se mete en la memoria del narrador, sus recuerdos y los vínculos que crean. Las siete novelas que componen la serie son:
  1. Por el camino de Swann (1913)
  2. A la sombra de las muchachas en flor (1919)
  3. El mundo de Guermantes (en 2 tomos, 1921-1922)
  4. Sodoma y Gomorra (1922-1923)
  5. La prisionera (1925)
  6. La fugitiva (1927)
  7. El tiempo recobrado (1927)

jueves, 29 de enero de 2009

Leda e o Cisne, un poema de Selma Albes da Rocha


Leda e o Cisne
por Selma Albes da Rocha

1º Canto

Suave se aproxima em branca plumagem
Cercando Leda no aquecer das penas,
Garboso, empina as asas, distende o carmim olhar
E toca-lhe a pele, com o bico, apenas...

Leda não se move, lânguida
na misteriosa sedução perene,
nem crendo, afasta os joelhos lentamente,
abrindo-se ao Cisne, infrene.

O abraço de asas em vigor é assalto
co'a força do bico na nuca, e presa
sob o peito robusto, o desejo lhe arrebata
no leque de penas que em Leda adentra ...

Imóvel em suas coxas orgasma o Cisne
Rasgando-lhe a gruta vezes eternas,
Estremece em plumagem, treme penugens
Quando Leda o envolve no abraço das pernas!

2º Canto

Um Deus em mim!
Um Cisne em mim!
Esse ato louco
Farfalhando asas
No grunhido rouco...

Um Cisne em mim!
Um Deus em mim!
Nosso êxtase louco
a penugem sagrada
Estremece meu corpo...

Esse ato em mim!
O farfalhar em mim!
Um Cisne louco
Um Deus de asas...

3º Canto

Ela repousa...a beleza adormece
Em meio aos cisnes do calmo lago
Ela repousa...eis a hora!
Nua na relva, no verde afago...

Tão bela...Eis Leda...a proibida
Que a outro pertence e lhe é só sua
Do Olimpo que Deus não a quereria?
Escravo do belo, me rendo....Zeus...

Em desejo me transporto...ei-la!
Desperta aos cisnes de branca plumagem
Seus dedos se estendem nas águas silentes
Seus joelhos se abrem...eterna miragem.

Me visto em penugens e meus braços de asas
Arriscam o vôo até a outra margem
Sacudindo as penas respingo-a inteira
A sentir seu perfume em cada gesto.

Uma carícia...seu afago...Eis a hora!
Leda minha, um Deus a quer
No peito estufado, nas asas turbadas
Nas coxas fêmeas macias...eis a mulher!

É a hora...não se move... Leda espera
A posse alada que já nos domina
Sua nuca mansa, no bico já presa
Faz rendição das pernas que me fascina!

Sobre Leda eis-me! Eis a hora!
Mesclado em desejos... Deus... Cisne!
Mergulho insano na intumescida fenda
Finco em mais sua gruta enquanto cisme!

Tremor, arrepios, gozo tenaz
Eis-me em Leda, é a hora!
Fecundo seu ventre na avidez mordaz
Possuída és, para sempre e agora!

4º Canto

Coração já não é o meu
Nem de Zeus
Coração é Leda!!!

Corpo já não é o meu
Nem de Zeus
Corpo é de Leda!!!

Desejo já não é o meu
Nem de Zeus
Desejo é de Leda!!!

O êxtase
O gozo
O frêmito
A posse
Rendição nossa!!!

5º Canto - Triunfo do Desejo

Nem o sagrado recinto
Dos Deuses, o Panteón
Nem a distância da Terra
Nas margens do lago protegida
Nem as aves, nem o bando
Imunes estão...

Basta um olhar!
E do olhar, o desejo
E do desejo o prazer
E que isto se faça e seja
Para matar ou morrer...

Transmutar-se, transformar-se
Ser outro ser e não ser
Metamorfosear-se de súbito
Para tudo acontecer...

Ao fundo, ao largo, no interno
Nada se confunde, dúvida não há
A vontade se avulta e arremessa
Ao delírio divino que será.

Nada imunes, portanto, eis o cuidado!
Ó mortais e deuses de todos os Tempos!
Sempre Leda existirá e um Deus
Se fará Cisne e dela se apossará
Em metamorfoses, sedentos!
.
Vicent Sellaer
.
Selma Alves da Rocha es poetisa, novelista, cuentista, revisora de textos, investigadora histórica.... Nació en Belo Horizonte, Estado de Minas Gerais - Brasil, aunque hace más de 26 años que vive en Rio das Ostras, una tranquila ciudad costera en el Estado de Río de Janeiro. Su formación es en Literatura portuguesa e inglesa, y además de sus múltiples actividades como escritora, ejerce funciones de Miembro organizador de la Comisión de la academia Riostrense de Letras, Superintendente de Proyectos y Captación de recursos del la Fundación de Cultura de Rio das Ostras, responsable de la biblioteca pública de Rio das Ostras, entre otras.
Entre sus obras se encuentran: Canções e Delitos ( 1992); Terra dos Peixes (1997); Mulheres Fluminenses (2002); O Manuscrito de Haceldamã (2007); No coração da floresta do meu ser (2007); Despindo os véus de Ísis (2007).

Léda, un poema de Jean Lahor (o Henri Cazalis)

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Léda
par Jean Lahor

Au cygne frissonnant qui la vient embraser
Elle offre son beau corps robuste sans comprendre:
Des Immortels naîtront de ce muet baiser,
Et la forme d'Hélène en ce flanc va descendre.
.
Et par l'étrange éclat des soirs mystérieux
C'est ainsi que toujours la stupide Matière,
Et la femme ignorante ont procréé les Dieux,
Sans deviner d'où leur venait tant de lumière!

Leda au cygne. 1880-1882. Paul Cezanne


Poema aparecido en en libro L'Illusion que recoge sus obras poéticas escritas entre 1875 y 1893.

Henri Cazalis (1840-1909) fue un físico francés, poeta simbolista y hombre de letras. Utilizó para sus escritos dos seudónimos diferentes: Jean Caseli y Jean Lahor. Su obra literaria incluye: Chants populaires de l'Italie (1865); Vita tristis, Reveries fantastiques, Romances sans Inusique (1865); Le Livre du neant (1872); Henry Regnault, sa vie et sonvuvre (I872); L'Illusion (1875-1893); Melancholia (1878); Cantique des cantiques (1885); Les Quatrains dAl-Gazali (1896); y William Morris (1897).

miércoles, 28 de enero de 2009

Leda y el Cisne, un poema de Marco Cipollini

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Leda e il Cigno
por Marco Cipollini

LA RACCOLTA DI FIORI

Splendida un giorno andava di Tindaro la sposa
con sette ancelle munite di ceste capaci
lungo l’Eurota, dove la sponda era sabbiosa,
viva di pioppi, vetrici, pascoli feraci.

Andavano a cogliere gigli, rose, narcisi,
giaggioli bianchi e violacei, ed anemoni e crochi,
ma il colchico no, velenoso; sì gli elicrisi,
sì l’asfodelo, a Persefone caro e a non pochi

poveri a cui era di cibo, e il gladiolo vermiglio;
l’elleboro no, spandente follia nel bestiame,
no la mandragora, no lo stramonio che al piglio
già tossico era… Leda così tra l’erbame

quei fiori additava da farne colme le ceste,
e tra camomilla e papaveri e pratoline
grida d’infanzia lanciavan le ancelle, le teste
chinando nel precedere a gara le vicine.

Lungo la riva assolata avanzavano sparse
lasciando il verde calpesto, muto di colori,
e le api, mungendo nettare a greggi ora scarse,
sui vimini ronzavano prodighi di odori,

non garrule però quanto le donne alla preda,
ché assai ne occorreva sia a far ghirlande e diademi
per lo stimato re e la guardatissima Leda,
sia ad aspergere petali, iridescenti emblemi,

sui giovani insanguati, che drizzano la cresta
davanti alle vergini dagli occhi luminosi
quando spavaldi sopportan le sferze alla festa
di Artemide e cantano le belle inni gloriosi.

E giunsero, caldo il mattino di primavera,
a un’ansa ove la roca correntia si slargava
tranquillamente argentea, che la riflessa spera
del Sole di aureoleosi barbagli ammaliava.

C’erano canne e di giunchi e di tife alti steli
dipinti sull’acqua confusi a nuvole bianche
come se cielo e terra sorridessero in veli
nuziali, al vento ondulanti. Sostarono, stanche.


SENSAZIONI AMBIGUE

Madida, la regina più all’ondeggiare lento
del seno aprì lo scollo del peplo. Una zelante
ancella lesta agitò una frasca a farle vento,
altre un telo le stesero all’ombra delle piante.

Giacendo, attraverso un raggio la spalla discinta
cantò come perla… Le lunghe ciglia socchiuse
in un languore amabile… Sognò che sospinta
da non so che era nel fiume, le chiome profuse

simili si spandevano a una cròcea corolla…
Ma un piccolo strillo la punse, irritata: a riva
tra lor si schizzavano, fradice ogni midolla,
due ancor fanciulle e con voce ridevano viva.

Mal desta dal sogno sdrucito, Leda rivolse
a tutte la sua stizza: “serve insolenti e stolte!
Créusa, punisci la cagna che il sonno mi tolse!”
Le due si sogguardarono, le membra disciolte.

L’anziana un ramo sciancò lì dal salice e prese
su un dorso e sull’altro a vibrarlo; zitta il tormento
subiva ognuna: a Sparta chiunque geme alle offese
corporee, da sé il castigo più rende violento.

Leda, a nobili nozze sempre illesa la pelle,
fu allora turbata da Pan, che domina il giorno,
e come un oscuro miele assaggiò a veder quelle,
un’invidia sì dolce che da cieco frastorno

presa, indulse nella pena. La decana intanto
colpiva più rada, in attesa; finché, striate
di rosso le vergini, a cui tremolava il pianto,
la regina da quelle sensazioni maculate

si riscosse, stranita, “basta così” dicendo,
e a scacciare ogni estro voglia di un bagno ebbe,
così assecondando il suo sogno: il peplo stupendo
scivolò al suolo e fu nuda. Di lei non sarebbe

stata più bella una ninfa che corre sui monti,
né la stessa Afrodite se fosse ancor dall’onda
di Cipro fulgida sorta, allorché gli orizzonti
tacquero e l’ampia il vento chioma le sciolse bionda.


IL BAGNO DELLA REGINA

Ella marmorea in acque s’immerse trasparenti,
e cangiarono opàlee, sul carneo stelo il volto
sbocciava come un giglio. D’intorno le assistenti
i larghi sipariarono pepli, se tra il folto

spiasse un irsuto pastore… Saltò spaventato
giù da un sasso un ranocchio. Solo, fra le ampie sponde,
di lei il tenue sciacquio. Nel vasto vuoto assolato
due tortore, remote. Sì e no un frusciar di fronde.

Ma al cielo era specchio il liquido vetro del fiume,
e Zeus di femmina umana intravide la carne
pallida come sottile alabastro che a un lume
fa schermo, e il dio godimento per sé volle trarne.

Così dalle olimpiche nubi discese in forma
di cigno e d’Eurota volò alla tersa corrente.
Lassù il punto bianco una scòrse, gridò la torma
alla candida in cielo rapidità crescente.

Lei alzò lo sguardo cerulo e l’ombra su trasvolante
(fu un soffio) lo velò di un presagire lontano,
seguì l’alata creatura, che calò distante
un tiro di sasso, come sul trono un sovrano

si posò sulle placide acque balaustrate
di canne mormoranti lusinghe di Sirene,
le ali soavemente ancor movendo spiegate
parevano invitarla (sbigottì) a un sacro imene.

Perduto le urtò il cuore in seno, di una regina
non altro aveva che di aurei pendenti il decoro,
e sonnambula uscendo dall’onda cristallina,
diafana la vestiva profluvie acquosa d’oro.

Balbettò, cenno fece di andarsene alle ancelle,
di lasciarla soletta con quell’innocuo alato
per non intimorirlo, di ritrarsi oltre quelle
tife, in silenzio, e sferzate a chi avesse parlato.

Via scivolaron, quali foglie sulla corrente,
immerse a mezza vita, dei colpi timorose,
e si strinsero dove, ma zitte, cautamente,
si facevan le sbarre meno folte e fogliose.


LE NOZZE DIVINE

L’una l’altra spingeva per occhieggiare un poco
tra stelo e stelo un palpito di biondo o di bianco,
né Créusa burbera le tratteneva né il fuoco
delle fresche ferite sulla schiena e sul fianco;

da dietro, le altre tendevano il lobo inadorno
a lambir qualche sprazzo di riso, o scuotimento
di ali in fuga, o strillar bocca di carne o di corno,
e che godio tornasse la padrona in lamento!

Intanto ella in silenzio nuotando sinuosa a
l’angelica bestia, il cui innaturale candore
i suoi occhi succhiavano, tal che luminosa
più si fa una candela più la strugge l’ardore, e

come all’amato atteso di desio donna langue,
con densi di dolcezza occhi lo cerca, lei il cigno
rimirava, sì che un’oscura febbre nel sangue
le infuse, un caldo mosto nel suo purpureo scrigno.

Ampie in candida gloria spalancò a lei che emerse
lattea le ali; ma a farle crollare ogni difesa
fu il flessuoso collo che rigido si aderse:
si slanciò, gocciolante oro la chioma, a far presa

con le unghie sul suo petto dilatato e piumoso,
raggrinziti i capezzoli dal selvaggio cuore,
le ginocchia snervate da quel voluttuoso
abbraccio, rovesciò inerme il capo al molle afrore.

E l’uccello maestoso, cui si aggrappava, a riva
la sospinse, e sull’erba si prostrò resupina
all’orrore gioioso che gli occhi le imbruniva
semichiusi, e dov’era la carne vellutina,

sforzate le sue cosce con le zampe palmate
che di sei lividure sigillarono a enigma,
il dio fin nelle sue la penetrò abbacinate
avide viscere col folgorante suo stigma.

Tutto femmina il corpo, da agonia e godimento
fu avvinta, una vertigine il cui apice attinse
come nel suo sacello sgorgò il seme violento:
del futuro i suoi occhi sbarrati il fato incinse.


IL MUTO VATICINIO

Quei globi, nerolustri come infere perle,
fissi lì a dominarla, le apparvero miniati
di disastri che agli anni s’incrunavano per le
sue réni regali… Mortali ancora non nati

vide e una donna bellissima, sposa e regina,
e un principe straniero, con lui a notte fuggire
su una nave, ed accolti da una città in collina,
e uno sciame di occhiute prore là convenire,

e mille nella polvere eroi per lei caduti,
e l’urlo delle madri, delle spose amputate
del caro bene, gli atti più generosi e bruti
tra il clangore di bronzi abbaglianti, di esaltate

genealogie, e sulle mura com’Espero apparsa
l’origine dei lutti, la battaglia bloccarsi,
manichini inceppati sulla piana riarsa
gridar tutti il suo nome, di nuovo massacrarsi,

e colossale vide sulla spiaggia un cavallo,
in città trascinato poi attraverso una breccia,
fauci di fiamme i tetti, frangenti di metallo,
sfondar l’occhio che vede fino in fondo la freccia,

e la donna in ginocchio spalancare alla spada
di chi amò in primo letto le splendide mammelle,
e ad esse, inobliate, sciogliersi il pugno, rada
poi la folla guerriera, solo faville e stelle,

e l’unica reliquia di gesta insanguinate
un cieco, eco nei secoli, perpetuar cantore…
Tutto in un lampo bevvero le sue ciglia beate
e inorridite, chiuse da un mortale languore.

E fu d’ali e di piume sbattimento accecante,
il divino animale fra le nubi disparve.
Leda, sola sull’erba, stordita e dolorante,
le immagini fatali svanite come larve.

E tornò la regina con le sue sette ancelle
gravate di canestri, su cui un ronzio era d’api:
li tenevano, stando oblique, tra fianchi e ascelle;
le più abili, dritte, in equilibrio sui capi.
Mayo 2007

sábado, 3 de enero de 2009

Leda, por Aldous Huxley

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El genial escritor británico Aldous Huxley (1884, 1963), mundialmente conocido por su excepcional antiutopía "Un mundo feliz", publicó en sus años de juventud varios volúmenes de poemas nunca traducidos al español: ”The Burning Wheel” (1916), "Jonah" (1917), "The Defeat of Youth and other poems" (1918) y ”Leda” (1920). En este último recopilaba 26 poemas de diferente extensión, elaborados entre 1918 y 1919. El poema que abría dicho volumen daba nombre al conjunto del libro: "Leda".


Leda, de Aldous Huxley, es un largo poema de más de 300 versos dedicado a nuestra reina y su pasional encuentro con Zeus transmutado en cisne.

Reproduzco el inicio y el final del poema en su versión original (todavía no soy tan temeraria de traducir un poema del inglés ante lectores tan exigentes).

LEDA

BROWN and bright as an agate, mountain-cool,
Eurotas singing slips from pool to pool;
Down rocky gullies; through the cavernous pines
And chestnut groves; down where the terraced vines
And gardens overhang; through valleys grey
With olive trees, into a soundless bay
Of the AEgean. Silent and asleep
Lie those pools now: but where they dream most deep,
Men sometimes see ripples of shining hair
And the young grace of bodies pale and bare,
Shimmering far down-the ghosts these mirrors hold
Of all the beauty they beheld of old,
White limbs and heavenly eyes and the hair's river of gold,
For once these banks were peopled: Spartan girls
Loosed here their maiden girdles and their curls,
And stooping o'er the level water stole
His darling mirror from the sun through whole
Rapturous hours of gazing.
The first star
Of all this milky constellation, far
Lovelier than any nymph of wood or green,
Was she whom Tyndarus had made his queen
For her sheer beauty and subtly moving grace
Leda, the fairest of our mortal race.
Hymen had lit his torches but one week
About her bed (and still o'er her young cheek
Passed rosy shadows of those thoughts that sped
Across her mind, still virgin, still unwed,
For all her body was her own no more),
When Leda with her maidens to the shore
Of bright Eurotas came, to escape the heat
Of summer noon in waters coolly sweet.
By a brown pool which opened smooth and clear
Below the wrinkled water of a weir
They sat them down under an old fir-tree
To rest: and to the laughing melody
Of their sweet speech the river's rippling bore
A liquid burden, while the sun did pour
Pure colour out of heaven upon the earth.
The meadows seethed with the incessant mirth
Of grasshoppers, seen only when they flew
Their curves of scarlet or sudden dazzling blue.
Within the fir-tree's round of unpierced shade
The maidens sat with laughter and talk, or played,
Gravely intent, their game of knuckle-bones;
Or tossed from hand to hand the old dry cones
Littered about the tree. And one did sing
A ballad of some far-off Spartan king,
Who took a wife, but left her, well-away!
Slain by his foes upon their wedding-day.
"That was a piteous story," Leda sighed,
"To be a widow ere she was a bride."
"Better," said one, "to live a virgin life
Alone, and never know the name of wife
And bear the ugly burden of a child
And have great pain by it. Let me live wild,
A bird untamed by man! " "Nay," cried another,
" I would be wife, if I should not be mother.
Cypris I honour; let the vulgar pay
Their gross vows to Lucina when they pray.
Our finer spirits would be blunted quite
By bestial teeming; but Love's rare delight
Wings the rapt soul towards Olympus' height."
"Delight?" cried Leda. "Love to me has brought
Nothing but pain and a world of shameful thought.

(……)
Ah, had she heard,
Even as the eagle hurtled past, the word
That treacherous pair exchanged.
"Peace," cried the swan; "Peace, daughter.
All my strength will soon be gone,
Wasted in tedious flying, ere I come
Where my desire hath set its only home."
"Go," said the eagle, "I have played my part,
Roused pity for your plight in Leda's heart
(Pity the mother of voluptuousness).
Go, father Jove; be happy; for success
Attends this moment." On the queen's numbed sense
Fell a glad shout that ended sick suspense,
Bidding her lift once more towards the light
Her eyes, by pity closed against a sight
Of blood and death-her eyes, how happy now
To see the swan still safe, while far below,
Brought by the force of his eluded stroke
So near to earth that with his wings he woke
A gust whose sudden silvery motion stirred
The meadow grass, struggled the sombre bird
Of rage and rapine. Loud his scream and hoarse
With baffled fury as he urged his course
Upwards again on threshing pinions wide.
But the fair swan, not daring to abide
This last assault, dropped with the speed of fear
Towards the river. Like a winged spear,
Outstretching his long neck, rigid and straight,
Aimed at where Leda on the bank did wait
With open arms and kind, uplifted eyes
And voice of tender pity, down he flies.
Nearer, nearer, terribly swift, he sped
Directly at the queen; then widely spread
Resisting wings, and breaking his descent
'Gainst his own wind, all speed and fury spent,
The great swan fluttered slowly down to rest
And sweet security on Leda's breast.
Menacingly the eagle wheeled above her;
But Leda, like a noble-hearted lover
Keeping his child-beloved from tyrannous harm,
Stood o'er the swan and, with one slender arm
Imperiously lifted, waved away
The savage foe, still hungry for his prey.
Baffled at last, he mounted out of sight
And the sky was void-save for a single white
Swan's feather moulted from a harassed wing
That down, down, with a rhythmic balancing
From side to side dropped sleeping on the air.
Down, slowly down over that dazzling pair,
Whose different grace in union was a birth
Of unimagined beauty on the earth:
So lovely that the maidens standing round
Dared scarcely look. Couched on the flowery ground
Young Leda lay, and to her side did press
The swan's proud-arching opulent loveliness,
Stroking the snow-soft plumage of his breast
With fingers slowly drawn, themselves caressed
By the warm softness where they lingered, loth
To break away. Sometimes against their growth
Ruffling the feathers inlaid like little scales
On his sleek neck, the pointed finger-nails
Rasped on the warm, dry, puckered skin beneath;
And feeling it she shuddered, and her teeth
Grated on edge; for there was something strange
And snake-like in the touch. He, in exchange,
Gave back to her, stretching his eager neck,
For every kiss a little amorous peck;
Rubbing his silver head on her gold tresses,
And with the nip of horny dry caresses
Leaving upon her young white breast and cheek
And arms the red print of his playful beak.
Closer he nestled, mingling with the slim
Austerity of virginal flank and limb
His curved and florid beauty, till she felt
That downy warmth strike through her flesh and melt
The bones and marrow of her strength away.
One lifted arm bent o'er her brow, she lay
With limbs relaxed, scarce breathing, deathly still;
Save when. a quick, involuntary thrill
Shook her sometimes with passing shudderings,
As though some hand had plucked the aching strings.

Con paciencia, puede leerse el poema completo bajándolo desde AQUÍ.
Para saber más sobre Huxley, una excelente página en español desarrollada por Quino Arnau: AQUÍ.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Leda en las Metamorfosis de Ovidio (Aracne)


En el libro VI (I) de Las Metamorfosis del poeta del amor libre, profano y celestial, Ovidio, encontramos una breve referencia a Leda. Específicamente en los versos que tratan sobre la metamorfosis a la que sometió Minerva (Palas) a la prepotente y desafiante Aracne.
.
El rapto de Europa. Rubens. Museo del Prado

Minerva ofendida porque una mortal pretendió igualarle en arte y maestría con el bordado, acepta el desafío de la joven Aracne que se sentía superior a la diosa en el arte de bordar, sin reconocer que ese don le venía directamente de la diosa. La diosa llega metamorfoseada en anciana y aconseja a Aracne sobre el respeto que debe guardarle a los dioses. La joven la insulta, Minerva (la diosa guerrera), inundada de una ira inusitada acepta el desafío y revela toda su majetuosidad. Aracne no se inmuta. Comienza la competencia. En el último encuentro, Aracne borda, con especial maestría, como si de una verdadera diosa se tratara, escenas en las que se representaba a los Dioses mayores, principalmente a Zeus, metamorfoseados e infieles:

Aracne por su lado representó sobre su lienzo a Europa seducida por
Júpiter bajo la figura de Toro. La obra estaba tan acabada, que se hubiera creído ver,
en efecto, un verdadero toro y una verdadera mar.
Europa aparecía allí con los ojos vueltos hacia la ribera que acababa de dejar.
Parecía llamar a sus compañeras en su socorro, retirando sus pies por el temor de que fueran mojados.
También se veía dibujado a Asterios luchando con el águila de la que Júpiter había tomado la figura, y a Leda acariciada por el cisne.
Las demás aventuras de este Dios se veían representadas con inusitada belleza.
(...)
Estaba tan bellamente ejectuada, que Minerva no pudo encontrar en ella ningún defecto. La diosa, de ira despechada reprendió con violencia la veracidad de
los crímenes de los dioses allí representados.
Con la lanzadera rasgó de arriba abajo el tapiz y golpeó con fuerza la cabeza de Aracne,
quien, poseída de gran desesperación, huyó de la gente.

(...)

La fábula de Aracne (Las Hilanderas). Diego Velázquez. Museo del Prado

La maldición de la vengativa Diosa fue cruel y elocuente, como ejemplo para otros mortales que pretendieran igualar a los dioses en algún arte u oficio:

-Vivirás insolente Aracne, siempre de esta forma suspendida,
tal será tu castigo para toda la posteridad.

Al marcharse Minerva le arrojó el jugo de una hierba envenenada que le hizo caer los cabellos, la nariz y las orejas; la cabeza y el cuerpo disminuyeron;
las piernas y los brazos en partas delicadísimas tornaron, y el resto del cuerpo no presentó más que un grueso vientre.
De esta manera, en araña transformada,
sigue realizando con sus hilos la tarea a que estaba acostumbrada.

Aracne. Gustavo Doré (Ilustración elaborada para el Purgatorio de Dante)

Ovidio (Publio Ovidio Nasón, 43 a.C.-17 d.C.) nació en Sulmona, en Italia Central, de una familia acomodada. Amargó -según palabras de Indro Montanelli- a su padre negándose a seguir una carrera política y se proclamó designado personalmente por Venus para hablar de Eros. Entre sus obras más destacadas se encuentran: Metamorphoseon libri (en español, el libro de las Metamorfosis); De medicamine faciei feminae (Sobre el cosmético para el rostro de la mujer); Ars amatoria o Ars amandi (compuesta de tres libros., causó un verdadero escándalo en Roma a causa de su lenguaje gráficamente erótico); Remedia Amoris; Fasti (Festividades, era una obra poética de grandes pretensiones que Ovidio dejó inacabada por el destierro); Heroidas; Tristia (Tristezas); y Epistulae ex Ponto (Cartas desde el Ponto, son cuatro libros de cartas poéticas en dísticos elegíacos, dirigidas a su mujer y a sus amigos, para pedirles que intercedan por él ante Augusto).

jueves, 30 de octubre de 2008

Leda y el cisne en Blasón. Breve aproximación a Prosas Profanas de Rubén Darío

El modernismo es el movimiento que daría su carácter literario y, definitivamente, refinado al mito de Leda y el cisne. Inspirados en la belleza plástica y estética que esta historia ha dado a la pintura y a la escultura, los poetas modernistas en su afán de búsqueda de la belleza por la belleza, hacen del cisne y de su anhelada Leda símbolos de una sexualidad y un erotismo avasallantes, eso sí, sin olvidar, como los pintores y escultores, que de este mito debían resaltar la belleza: la forma y elegancias del cisne, su perfecta blancura, sus movimientos graciles, su carácter divino:

El olímpico cisne de nieve
con el ágata rosa del pico.

…………..
Es el cisne, de estirpe sagrada

De Leda resaltarían la pureza, su color rosado, sus dulces formas, su sensualidad, lo que la hacen digna de que un dios, y no cualquier dios, sino Zeus -el señor absoluto del Olimpo- la tome para encarnar su celestial presencia:

cuyo beso, por campos de seda,
ascendió hasta la cima rosada
de las dulces colinas de Leda.



Prosas Profanas, de donde se ha extraído el poema “Blasón” (en su mejor sentido de ostentación), es el libro modernista por excelencia. En este, por ejemplo, se destacan la sensualidad y el erotismo, como una forma superior de arte, como una religión. El cisne es la reencarnación de Dios con toda su pureza:

Su blancura es hermana del lino,
del botón de los blancos rosales
y del albo toisón diamantino
de los tiernos corderos pascuales


Prosas Profanas, también es el libro de la nota musical que nos traslada a Grecia y a Francia del S.XVIII, la pagana, la versallesca que ama los placeres refinados, la elegancia sutil, el esplendor, la finura, la gracia.

Los personajes del poema Blasón están emparentados con la nobleza, Zeus es encarnación de señores, caballeros y reyes y de una manera u otra representan el mundo wagneriano (musical, trágico, elegante y universal). La mención de Lohengrín (“es su príncipe rubio”), el trágico héroe wagnaeriano, que debe abandonar a su amada Elsa (princesa), después de que ésta incumpla su promesa de no preguntar ni su origen ni su nombre (ruptura del tabú féerico) nos lleva por ese camino. Lohengrín se marcha del lado de Elsa transportado por un solitario cisne blanco. Igualmente, se conoce de la afición de Luis de Baviera por interpretar fragmentos de la ópera wagneriana, por su escapismo, por su locura.

En la métrica Prosas Profanas es el libro de mayor diversificación y el de la preferencia por los versos métricos más musicales: el decasílabo de Blasón, el alejandrino renovado por influencia francesa, y el endecasílabo, uno de los más antiguos de la lírica, pero diversificado también para extraerle todas sus armonías con el cambio de acentuación. Darío eleva la poesía a una altura estética insospechada en composiciones este poema.

La poesía de Prosas Profanas representa todo aquello que caracterizó al movimiento: exotismo, tendencia al escapismo, príncipes, princesas y dioses son los personajes de este poemario. La belleza estética y la sensualidad, pletórica de erotismo, arropan y subyugan al lector.

jueves, 16 de octubre de 2008

El Cisne, poema de Delmira Agustini


. . .Pupila azul de mi parque
Es el sensitivo espejo
De un lago claro, muy claro !...
Tan claro que a veces creo
Que en su cristalina página
Se imprime mi pensamiento.

. . .Flor del aire, flor del agua,
Alma del lago es un cisne
Con dos pupilas humanas,
Grave y gentil como un príncipe;
Alas lirio, remos rosa...
Pico en fuego, cuello triste
Y orgulloso, y la blancura
Y la suavidad de un cisne...
.
. . .El ave cándida y grave
Tiene un maléfico encanto;
-Clavel vestido de lirio,
Trasciende a llama y milagro !...
Sus alas blancas me turban
Como dos cálidos brazos;

. . .Ningunos labios ardieron
Como su pico en mis manos;
Ninguna testa ha caído
Tan lánguida en mi regazo;
Ninguna carne tan viva,
He padecido o gozado:
Viborean en sus venas
Filtros dos veces humanos !
.
. . .Del rubí de la lujuria
Su testa está coronada;
Y va arrastrando el deseo
En una cauda rosada...
.
. . .Agua le doy en mis manos
Y él parece beber fuego;
Y yo parezco ofrecerle
Todo el vaso de mi cuerpo...
.
. . .Y vive tanto en mis sueños,
Y ahonda tanto en mi carne,
Que a veces pienso si el cisne
Con sus dos alas fugaces,
Sus raros ojos humanos
Y el rojo pico quemante,
Es sólo un cisne en mi lago
O es en mi vida un amante...
.
. . .Al margen del lago claro
Yo le interrogo en silencio...
Y el silencio es una rosa
Sobre su pico de fuego...
Pero en su carne me habla
Y yo en mi carne le entiendo.
-A veces ¡toda! soy alma;
Y a veces ¡toda! soy cuerpo .-

Hunde el pico en mi regazo
Y se queda como muerto...
Y en la cristalina página,
En el sensitivo espejo
Del lago que algunas veces
Refleja mi pensamiento,
El cisne asusta de rojo,
Y yo de blanca doy miedo !

Esta poesía es presentada aquí lo más fiel posible a como aparece en las páginas 81 a la 83 del libro El Rosario de Eros editado por Maximino García en 1924.

http://www.damisela.com/literatura/pais/uruguay/autores/agustini/calices/cisne_p4.htm

martes, 14 de octubre de 2008

Los jardines de Afrodita (fragmento), poema de Francisco Villaespesa

V

El cisne se acercó. Trémula Leda
la mano hunde en la nieve del plumaje,
y se adormece el alma del paisaje
de un rojo crepúsculo de seda.

La onda azul, al morir, suspira queda;
gorjea un ruiseñor entre el ramaje,
y un toro, ebrio de amor, muge salvaje
en la sombra nupcial de la arboleda.

Tendió el cisne la curva de su cuello,
y con el ala -cándido abanico-,
acarició los senos y el cabello.

Leda dio un grito y se quedó extasiada...
y el cisne levantó, rojo, su pico como triunfal
insignia ensangrentada.


Francisco Villaespesa (1877, Laujar de Anderax, Almería - 1936, Madrid) fue un prolifico poeta, periodista, dramaturgo y novelista que gozó de una gran popularidad en su tiempo. Es considerado como uno de los pocos autores modernistas de España. Publicó más de cincuenta libros de poemas, pero también fue autor de obras de teatro y de algunas novelas. Entre sus libros de poemas se encuantran: Intimidades (1898), Luchas (1899) o La copa del rey de Thule (1900), obras que lo vinculan a la corriente modernista, pues fue uno de los más apasionados seguidores de Rubén Darío. Dentro de esta línea publicó, además, otros títulos: La musa enferma (1901), El alto de los bohemios (1092) y Rapsodias (1905).

lunes, 13 de octubre de 2008

Leda, de Rainer María Rilke


Cuando el Dios requirió adoptar su cuerpo
casi lo intimidó sentir tan bello al cisne;
se dejó ir, extraviado del todo,
mas pronto su impostura lo hizo actuar,
antes de que pudiera ese desconocido
modo de ser ensayar.

Ella, abierta, reconoció a quien venía en el cisne
y supo de inmediato que él pedía algo que ella,
perdida en la lucha,
no supo defender.

Él descendió y, con su cuello, hizo a un lado la mano debilitada.
El Dios se extravió en ella,
sintiendo sólo entonces su plumaje
y fue de verdad cisne en su regazo.


(Este poema fue traducido del alemán por Fernando Pérez)


René Karl Wilhelm Johann Josef Maria Rilke
Nació en Praga en 1875 (04 de diciembre). Es considerado uno de los poetas más importantes de todos los tiempos. Muere de leucemia el 29 de diciembre de 1926, en el sanatorio suizo de Val-Mont.

Leda de Rubén Darío

El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosa de luz.


Y luego en las ondas del lago azulado,
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es de plata bañado de sol.


Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor,
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.


Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van,
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.



Cantos de vida y esperanza