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miércoles, 18 de enero de 2012

Rubén otro 18 para ti...


Hoy otro día para Félix Rubén García Sarmiento, el poeta niño, el príncipe de las letras castellanas, el padre del modernismo, el viaje incansable, el exótico latinoamericano, el poeta, el eterno enamorado de nuestra Leda y su Cisne..

III

Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos
a los de tus dos alas que abrazaron a Leda,
y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda,
dirás, por los Dioscuros, la gloria de los cielos.

Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos.
Por un instante, ¡oh Cisne!, en la oscura alameda
sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda,
y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos.

Cisne, tendré tus alas blancas por un instante,
y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho
palpitará en el mío con su sangre constante.

Amor será dichoso, pues estará vibrante el júbilo
que pone al gran Pan en acecho mientras su ritmo esconde
la fuente de diamante.

De: Los cisnes y otros poemas


Vincent Sellaer


domingo, 15 de enero de 2012

El pâté de foie gras de Leda: Lilian Elphick



Leda
Lilian Elphick

A Juan Armando Epple


Encontré a un cisne malherido. Algún insensible le había amarrado el pico con alambre. Lo llevé a casa, curé sus heridas, saqué sus piojos uno a uno, acicalé sus plumas. Su alimentación consistía en granos de maíz tierno, bayas y delicias del bosque. El cisne engordó y se puso cariñoso. Venía a verme por las noches. Para atraer mi atención relinchaba, aullaba, mugía y hasta hablaba: Leda, bonita, ábreme la puerta.
La cosa se puso fea. Ante tantos picotazos y empellones, bloqueé la puerta con la tranca del olvido. Él afuera y yo adentro.
Él enloquecía y yo pensaba. Fue un tiempo duro. Ahora, tengo una pequeña tienda y, entre otros productos, vendo pâté de foie gras.

Matthew Mclemore


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Lilian Elphick es una escritora chilena. Algunos críticos la consideran como parte del grupo de renovadores de la nueva literatura chilena. Es libretista, tallerista, editora y correctora de textos. Se confiesa admiradora de María Luisa Bombal, Edgar Allan Poe, Julio Cortázar; Katherine Mansfield y Kafka. Distinguida en el Segundo Festival de Teatro en Pequeño Formato, Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, U. de Chile, Santiago, 2000. Finalista con la obra "El Tricomaniaco" y en el VII Concurso Interamericano de Cuentos, Fundación Avon, BS.AS, Argentina (noviembre, 2000). Ha participado en múltiples antologías. Entre sus libros publicados están: La última canción de Maggie Alcázar (Cuentos, 1990); El otro afuera (Cuentos, 2002); Ojo Travieso (Microrrelatos, 2007); Bellas de sangre contraria (Microrrelatos, 2009) y Diálogo de Tigres (2011).


Más de la autora: AQUÍ

miércoles, 26 de octubre de 2011

Leda sin cisne de Gabriele D'Annunzio



Esta Leda sin cisne nos llega como referencia de un gran amigo. Y nos llega con sorpresa, en fragmento y con una interesante crítica de Gastón Bachelard. Publicada en 1916 es una de las obras autobiográficas de Gabriele D'Annunzio. A continuación la crítica de Bachelard y el fragmento:

Manejados por verdaderos poetas, los complejos de cultura pueden hacer olvidar sus formas convencionales, sosteniendo en ese caso imágenes que resultan verdaderas paradojas. Tal sería la figura de la Leda sin cisne de Gabriel d'Annunzio.

LA LEDA SENZA CIGNO

(fragmento)


Ahora, la Leda sin cisne estaba allí, tan lisa que ni siquiera en el hueco de la mano debía tener líneas, y realmente pulida por las aguas del Eurotas. La joven parecía recobrada y recreada en la juventud de la naturaleza y habitada por una fuente que se agitaba contra el cristal de sus ojos. Era su propia fuente, su río y su orilla, la sombra del plátano, el estremecimiento del junco, el terciopelo del musgo; los grandes pájaros sin alas la asaltaron; y en verdad que cuando ella tendía la mano hacia alguno y lo tomaba por su emplumado cuello, repetía exactamente el gesto de la hija de Thestios. El antiguo ritmo de la metamorfosis circula aún a través del mundo.


Cameron Shojaei



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Gabriele D'Annunzio fue un dramaturgo, militar y político italiano, que mejor representó el decadentismo. Apodado il Vate (es decir, «el Profeta». Escritor italiano (Pescara 1863-Gardone Riviera 1938). Fue uno de los escritores más brillantes, aparatosos y superficiales del decadentismo italiano. Escribió gran número de libros: novela, poesía y teatro. La Quimera, Elegías romanas, Odas navales, El placer, Francesco da Rimini, Elogios del cielo, del mar, de la tierra y de los héroes y Leda sin cisne son algunas de sus obras más destacadas.

sábado, 6 de agosto de 2011

Leda en el Hypnerotomachia Poliphili

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El Hypnerotomachia Poliphili o el Sueño de Polífico (Venecia, 1499) de Francesco Colonna está considerado una de las producciones más hermosas y enigmáticas de la historia. Se desconoce, por ejemplo, el nombre del artista que diseñó los grabados, la razón que impulsó al mecenas a sufragar la edición, o por qué Aldo Manuzio, el impresor, no dejó su nombre más que en el último folio, en una fe de erratas que falta en algunos ejemplares. A ello hay que unir su extraño lenguaje (escrita, casi a partes iguales, en lengua vulgar y en latín, con muchos neologismos y palabras inventadas por el autor) y su confuso contenido, que han propiciado las más estrafalarias interpretaciones.

La obra está compuesta por dos libros de extensión asimétrica, distinta técnica literaria y contenido aparentemente contradictorio, pese a que, sin duda, fueron escritos por la misma persona. En el primero, Polífilo, el protagonista de ambos, narra en primera persona un viaje en sueños a través de regiones y construcciones alegóricas de carácter amoroso. En el segundo, que se enmarca dentro de este sueño, el relato corre a cargo de su amada Polia, quien cuenta su historia de amor. Cuando la narración de la joven termina, Polífilo despierta.

La primera parte del libro (capítulos 1-24) es una novela alegórica, inscrita en el contexto de las visiones medievales, en la que se narra la ascensión espiritual del protagonista hasta la conquista del dominio de los sentidos, del libre albedrío y de la amada. Esta historia, simple en principio, está enmarañada por minuciosísimas descripciones anticuarias y por la morosidad en la exposición de los sentimientos de los protagonistas.

La segunda parte (capítulos 25-38) podría considerarse una novela costumbrista, si no fuera por su estilo: Polia aparece como una muchacha que se hace monja de Diana para cumplir un voto y que mantiene una lucha interior entre su deseo de no romper la promesa y su temor a que Cupido la castigue por hacer sufrir a su enamorado Polífilo. Finalmente, se compadece y se casa con él.

Uno de los sueños de Polífico hace referencia a nuestra Leda. La imagina amando a nuestro Cisne subida en un carro y sometida al escarnio de la exhibición pública.

Leda, siempre Leda.


Aunque el libro no trae ningún indicio claro sobre quién lo escribió, la crítica de los siglos XVIII y XIX fue prácticamente unánime al atribuir a un fraile veneciano, llamado Francesco Colonna, la paternidad del Sueño de Polífilo, salvo el erudito Domenico Gnoli, quien creyó que tras este nombre se ocultaba un humanista ilustre que quería conservar el anonimato. En nuestro siglo esta sospecha ha sido recogida por diferentes investigadores quienes, con argumentos de más o menos peso, proponen como autores, por ejemplo, a Felice Feliciano (1432-1480), León Battista Alberti (1404-1472) o Pico della Mirandola (1463-1494).

Curiosamente, uniendo las primeras letras de cada capítulo se lee: Poliam frater Franciscus Columna peramavit.

jueves, 20 de enero de 2011

Leda en el jardín, sexy y peligrosa..


Mi buen amigo Eduardo, investigador y, figuro, un enamorado de Leda nos ha dejado un par de muy buenos relatos. El primero, titulado Las inocentes víctimas de los caprichos divinos, nos presenta una visión relajada, sexy, picante y erótica en la que no es Zeus el que actúa, no es Zeus el propenso a ser capturado por la pasión, es Leda que lujuriosamente queda con más ganas de su Cisne-Dios.

Deveni presenta una divertida justificación para sus escritos: "Estas historias, salvo las menos felices, no han sido imaginadas por mí. Yo sólo les he dado una vuelta de tuerca, les he añadido un estrambote irreverente, alguna salsa un poco picante".

Nos gusta Deveni, escribe para su propia diversión. Felicito sus intenciones, nosotros también nos hemos divertido. Y hoy, para acompañar el texto, me busco a otro provocador, el pintor Jerome Bromfay. Vamos, que hoy es un día para provocar.



El Jardín de las Delicias

Por Marco Deveni. E.



Muy bien: Zeus se transforma en cisne.

El largo cuello flexible y sedoso se introduce en el sexo de Leda y picotea en el centro mismo del placer. Leda goza como dicen que gozaba Venus cuando la montó el caballo de Piritoo. Después el cisne desaparece.

¿Nadie se pregunta cuál fue el destino de aquella pobre muchacha?

Murió despedazada por cisnes rabiosos a los que pretendía obligar a que repitiesen la proeza del dios.



Jerome Bromfay


Para leer los irreverentes relatos de Deveni: aquí


lunes, 19 de octubre de 2009

Un mito en micro: de Leda a Helena, Alba Omil


El microrrelato es un género que, se según cuenta la leyenda, nació en la Argentina en 1950 de la mano de Borges y de Bioy Casares, cuando ambos publican la antología Narraciones Breves y extraordinarias, en la que aparecen relatos hasta de dos líneas. Diez años después, Cortázar con la publicación de Historias de Cronopios y de Famas lo da a conocer en Europa.

El microrrelato sorprende por la brevedad, la síntesis y la fuerza de su final, en pocas palabras el autor debe concentrar la magnitud de una historia, lo que obliga al lector a convertirse en cómplice, a jugar con el escritor, a sorprenderse y buscar lecturas distintas en cada palabra, en cada signo, en cada simbolismo. Para nosotros, el microrrelato en la pasión por escribir, es como un clímax, corto, breve e intenso.


Leyendo, buscando y redescubriendo, hemos dado con un microrrelato de la argentina (que parece que la leyenda es cierta), Alba Omil, quien a través de Helena, la de la fatal belleza, nos cuenta la génesis de la semidiosa, un pequeño guiño, lleno de intensidad, un microrrelato:


Helena
de Alba Omil

Salió del huevo con cuerpo de mujer y gracia de ave. Por cada uno de sus poros cantaban la vida y la hermosura sus triunfos y sus goces. En el fondo de sus ojos claros, esperaba una montaña de guerreros muertos

Para conocer un poco más de la autora: la letra profunda

Álvaro Pemper

sábado, 29 de agosto de 2009

A la caza del cisne que llevamos dentro...


Fragmento del prólogo al volumen: Parientes lejanos. Cuentos de animales. Antología. Editorial Páginas de Espuma. Madrid. 2003.

A
la
caza
(literaria)
del animal
que llevamos
dentro

de Alberto Ruy-Sánchez

(Frafmento)

Desde niño estuve poseído por la extraña certeza de que cada animal es un cuento que se mueve. Creía que los humanos tienen mascotas sobre todo para contárselas mutuamente, para hablar de ellas. Aunque muchas veces también para hablar con ellas.

Yo veía que los niños y los ancianos hablaban muchísimo con los animales. Creía que crecer consistía en olvidar totalmente cómo se habla con ellos, para recuperar muy al final de la vida ese lenguaje de historias que se mueven.

En vez de preguntar el nombre de un animal, nuevo para mí, pedía que me contaran su cuento. Y a nadie le parecía extraño...

....

Pero ninguna historia de amor pasional por los animales me parecía más interesante que aquella que descubrí en un libro ilustrado por mi padre. Lo vi dibujar durante días a un hombre que se podía convertir todo él en lluvía para mojar el cuerpo de una mujer que le gustaba. También se podía convertir en rayo, en ave, en viento. Y vi con sorpresa a una mujer que se enamoraba de un ganso.

Mi padre me explicó luego, ante mis preguntas insistentes, que no era ganso sino cisne, y que adentro del cisne no había un hombre sino un dios. Me fascinó el poder de ese dios antiguo para convertirse en animal y así seducir a la mujer que lo volvía loco y que obstinadamente lo rechazaba en su cuerpo perfecto, divino. Que un animal fuera mucho más atractivo que dios me parecía un buen principio.

La historia de Zeus transformado en cisne para seducir a Leda fue creciendo en mí con los años hasta adquirir cualidades cada vez más sensoriales que anecdóticas. Y la historia estalló en una bestial noche húmeda de mi adolescencia: fui cisne y al despertar mi boca olía a ella. Mis piernas estaban muy humedas, mojadas por la Leda adolescente que me hacía soñar así. Me gustaba imaginar también que ella, muy feliz en secreto, amanecía con un par de mis plumas blancas secándose en su mano y entre sus piernas.

...






Alberto Ruy-Sánchez Lacy nació en la ciudad de México el 7 de diciembre de 1951. Hijo de padre y madre originarios del norte de México, de Sonora. Está casado con la historiadora Margarita de Orellana. Vivió en París ocho años, donde estudió entre otros profesores con Roland Barthes, Gilles Deleuze, Jacques Rancière, terminó un doctorado y se hizo editor y escritor. Desde 1988 dirige la revista Artes de México, que en dos décadas obtuvo más de ciento cincuenta premios nacionales e internacionales al arte editorial. En 1987, con su primera novela, Los nombres del aire recibió el más importante premio literario mexicano, el Xavier Villaurrutia, y se convirtió inmediatamente en un libro de culto, que desde entoces no ha dejado de ser reimpreso cada año. En él inicia una exploración poética y narrativa del deseo que continúan las novelas En los labios del agua (1996), que recibió en su edición francesa el prestigioso Prix des Trois Continents; Los jardines secretos de Mogador (2001), Premio Cálamo/La otra mirada (Zaragoza, 2002); La mano del fuego: un Kama Sutra involuntario (2007); y Nueve veces el asombro (México, 2005). De los 20 títulos que componen su obra de narrador, poeta y ensayista destacamos también: Los demonios de la lengua (1987, nueva edición aumentada: 1998), Con la literatura en el cuerpo: historias de literatura y melancolía (1995) La inaccesible (1990), Diálogos con mis fantasmas (1997), y Una introducción a Octavio Paz (1990), Premio José Fuentes Mares.



jueves, 6 de agosto de 2009

Leda en espera de esas alas: Pierre Louÿs y las alabanzas de las dichosas tinieblas


Este hermoso cuento de Pierre Louÿs, dedicado a su gran amigo André Gide, está dividido en cuatro partes y relata el encuentro entre una Leda que no es reina si no ninfa. Esta Leda huirá de sí misma, de sus recuerdos y de otro encuentro. Es un bello relato, en el que una inocente y dulce Leda encuentra su razón de ser, su pasión y adquiere consciencia de su cu
erpo una vez que se ha unido al cisne. Leda encuentra el amor, su camino, su propósito en la vida, aunque algunos eventos desafortunados ocurran luego.

La historia, como en el Decamerón (no sé por qué me lo recordó), comienza con un narrador llamado Mélandryon, que se dispone a contarle a cuatro chicas nuestra historia, la del encuentro de Leda con el Cisne.. eso sí, es una historia distinta, diferente, apasionada y triste de una ninfa que se busca a sí misma, de una blanca y azul ninfa que alcanza la felicidad verdadera al encuentro del amor. La historia está cargada de símbolos, que como en el amor, y así lo advierte Mélandryon, no deben ser descifrados, he allí su principal atracción:

»Mais il ne faut pas le dire, il ne faut pas le savoir, il ne faut pas chercher à l'apprendre.
Telle est la condition de l'amour et de la joie. C'est à la louange des bienheureuses ténèbres».


Y el Dios del río en el que Leda es amada por el cisne, le aclara un poco a Leda lo que le ha pasado:


«Tu es la nuit. Et tu as aimé le symbole de tout ce qui est lumière et gloire, et tu t'es unie à lui.» Du symbole est né le symbole et du symbole naîtra la Beauté. Elle est dans l'oeuf bleu qui est sorti de toi. Depuis le commencement du monde, on sait qu'elle s'appellera Hélène ; et celui qui sera le dernier homme connaîtra qu'elle a existé.» Tu as été pleine d'amour parce que tu as tout ignoré. C'est à la louange des bienheureuses ténèbres.

La primera edición de este cuento se encuentra en la Librairie de l'Art Indépendant en 1893. Apareció compilada en la primera edición del Crépuscule des Nymphes, París (1925).

"...son corps attendait déjà le battement des ailes du Cygne"

Lêda ou La louange des bienheureuses ténèbres
de Pierre Louÿs


On n'y voyait presque plus. Une invisible Artémis chassait sous le croissant penché, derrière les branches noires qui pullulaient d'étoiles. Les quatre Corinthiennes restaient couchées dans l'herbe près des trois jeunes hommes ; et l'on ne savait plus très bien si la dernière oserait parler après les autres tant l'heure était au silence.

Les contes ne doivent être dits qu'en plein jour. Dès que l'ombre est entrée quelque part, on n'écoute plus les voix fabuleuses parce que l'esprit fugitif se fixe et se parle à lui-même avec ravissement.

Chacune des femmes étendues avait déjà un compagnon secret dont elle créait le charme à l'image réelle de son désir enfantin. Pourtant, elles ouvrirent toutes les yeux dans l'obscurité quand le grave Mélandryon dit ces premières paroles : «Je vous conterai l'histoire du Cygne et de la petite nymphe qui vivait sur les bords du fleuve Eurotas. C'est à la louange des bienheureuses ténèbres». Il se releva, mais à demi, et s'appuya d'une main dans l'herbe, et voici comment il parla :

I

EN ce temps-là, il n'y avait pas de tombeaux sur les routes, ni de temples sur les collines. Les hommes n'existaient guère : on n'en parlait pas. La terre se livrait à la joie des dieux, et favorisait la naissance des divinités monstrueuses. C'est le temps où l'Echidna enfanta la Chimère, et Pasiphaé le Minotaure. Les petits enfants pâlissaient dans les bois, sous l'effroi du vol des dragons.

Or, sur les bords humides du fleuve Eurotas, où les bois sont tellement épais qu'on n'y voit jamais la lumière, vivait une jeune fille extraordinaire, qui était bleuâtre comme la nuit, mystérieuse comme la lune mince, et douce comme la voie lactée. C'est pourquoi on la nommait Lêda.

Elle était vraiment presque bleue, car le sang des iris coulait dans ses veines, et non comme aux vôtres le sang des roses. Ses ongles étaient plus bleus que ses mains, ses papilles plus bleues que sa poitrine, ses coudes et ses genoux tout à fait azurés. Ses lèvres brillaient de la couleur de ses yeux, qui étaient bleus comme l'eau profonde. Quant à ses cheveux en liberté, ils étaient sombres et bleus autant que le ciel nocturne et vivaient le long de ses bras, si bien qu'elle paraissait ailée.

Elle n'aimait que l'eau et la nuit.

Son plaisir était de marcher sur les spongieuses prairies des rives, où l'on sentait l'eau sans la voir, et ses pieds nus avaient des frissons de bonheur à se mouiller obscurément.

Car elle ne se baignait pas dans la rivière, de peur des jalouses naïades, et d'ailleurs elle n'eût pas voulu se livrer à l'eau tout entière. Mais qu'elle aimait se mouiller ! Elle mêlait au courant rapide l'extrême boucle de sa chevelure et la collait sur sa peau pâle avec des dessins lentement recourbés. Ou bien elle prenait dans le creux de sa main un peu de la fraîcheur du fleuve qu'elle faisait couler entre ses jeunes seins jusqu'au pli de ses jambes rondes où il se perdait. Ou encore elle se couchait en avant sur la mousse trempée pour boire doucement à la surface de l'eau, comme une biche silencieuse.

Telle était sa vie, et de penser aux satyres. Il en venait quelquefois par surprise, mais qui s'enfuyaient effrayés, car ils la prenaient pour Phoebé, sévère à ceux qui la voient nue. Elle aurait voulu leur parler, s'ils se fussent arrêtés près d'elle. Le détail de leur aspect la remplissait d'étonnement. Une nuit qu'elle avait fait quelques pas dans la forêt, parce que la pluie était tombée et que la terre était torrentielle, elle avait vu de près un de ces demi-dieux endormi ; mais elle avait pris peur à son tour et était revenue tout à coup. Depuis, elle y passait par intervalles et s'inquiétait des choses qu'elle ne comprenait pas.

Elle commençait à se regarder aussi, se trouvait elle-même mystérieuse. Ce fut l'époque où elle devint très sentimentale et pleura dans ses cheveux.

Quand les nuits étaient claires, elle se regardait dans l'eau. Une fois elle pensa qu'il serait mieux de réunir et de rouler sa chevelure ensemble pour dénuder sa nuque qu'elle sentait jolie dans sa main caressante. Elle choisit un jonc souple pour serrer son chignon bleu et se fit une couronne tombante avec cinq larges feuilles aquatiques et un nénuphar languissant.

D'abord elle prit plaisir à se promener ainsi. Mais on ne la regardait pas, puisqu'elle était seule. Alors elle devint malheureuse et cessa de jouer avec elle-même. Or, son esprit ne se connaissait pas, mais son corps attendait déjà le battement des ailes du Cygne."

En las alas del cisne
Ivonne Reek

Para leer la historia completa en francés: Lêda ou La louange des bienheureuses ténèbres

El cuento en español -con traduccción de José Luis Gamboa, bajo una licencia de Creative Commons- puede ser leído: AQUÍ

Pierre Louÿs nace en Bélgica (1970), pero es trasladado a París, lugar en el que siempre residirá. Inscrito en el grupo de provocadores (junto a Oscar Wilde a quien asesoró para escribir Salomé), simbolistas y parnasianistas, comenzó a escribir sus primeros textos eróticos a los 18 años. Exploró el tema del lesbianismo en la obra Las canciones de Bilitis (Les Chansons de Bilitis, 1894). Fue uno de los escritores más leídos en el París de su época y también uno de los más prolíficos; entre sus muchas obras están: Astarte (1891); Mœurs Antiques; Les Aventures du roi Pausole (1901); Manual de Urbanidad para Jovencitas (1917), Psyché; Trois Filles de Leur Mére. En su lecho de muerte, acaecida el 06 de junio de 1925, Louÿs continuó escribiendo versos obscenos.

viernes, 31 de julio de 2009

Leda y Oscar Wilde: sobre el arte


El crítico artista
(1981), es una obra teatral (quizás hasta parece un ensayo, en dos actos) en el que dos jóvenes, Gilbert y Ernest, entablan un diálogo platónico y debaten sobre el arte, la crítica, la función del crítico, la vida, la historia, el bien y el mal, la eternidad, el ser, en fin, el alma humana en general.
También Wilde, nos deja un guiño, pequeño, un vuelo de pájaro –que no sé si de cisne- para hablar de la superficialidad, de lo vano que resulta todo después de la muerte…

“El mundo lo hace el poeta para el que sueña”

El crítico artista
Primera parte

de Oscar Wilde


Acompañada de algunas observaciones sobre la importancia de no hacer nada GILBERT y ERNEST

Escenario: interior de una biblioteca de una casa en Piccadilly con Green Park.

Primera parte

[…]

GILBERT (Tras una pausa.).- [...] Cuando describe es un poeta. Todo el secreto consiste en eso. Era fácil, en las llanuras arenosas de Ilión, la ciudad azotada por los vientos, lanzar con el arco pintado la flecha cortada, o asestar contra el escudo de piel y cobre color llama el largo venablo de mango de fresno. Era fácil para la reina adúltera desplegar tapices de Tiro ante su señor, y cuando estaba tendido en su baño de mármol, arrojar sobre él la redecilla de púrpura y ordenar a su amante juvenil que apuñalase, atravesando la malla, aquel corazón que debería haberse partido en Aulide. […]; y Luciano nos dice cómo en la oscuridad del otro mundo vio Mempo el cráneo blancuzco de Helena y se asombró de que por tan vil despojo hubiesen muerto todos aquellos apuestos varones, de cotas de malla, y aquellas bellas ciudades quedaran derruidas. Sin embargo, todos los días la hija de Leda, parecida a un cisne, sale a las torres almenadas y contempla abajo la marea de la guerra. Los soldados de barba gris se maravillan de su belleza; ella permanece erguida junto al rey. Su amante está tendido en su estancia de marfil pintado. Bruñe su delicada armadura y peina el penacho escarlata. Su esposo va de tienda en tienda con un escudero y un paje. Puede ella ver su brillante cabellera y oír o creer oír su voz fría y clara. En el patio de honor, abajo, el hijo de Príamo se pone su coraza de bronce; los blancos brazos de Andrómaca rodean su cuello; deja él su casco en el suelo para no asustar a su hijito […]."

[…]

GILBERT.- […] ¿A quién le preocupa que mister Pater haya incluido en el retrato de Monna Lisa elementos que no había soñado Leonardo? Puede que el pintor no haya sido más que el esclavo de una sonrisa arcaica, como algunos han creído; pero cada vez que paso por las frescas galerías de Louvre y me detengo frente a esta figura extraña "sentada en su asiento de mármol, en medio de aquel círculo de rocas fantásticas, como bañada por una turbia claridad submarina", me digo en voz baja: "Es más remota que las rocas que la circundan; como el vampiro, que por haber muerto varias veces, conoce los secretos del más allá, se ha sumergido en aguas profundas y conserva a su alrededor la luz indecisa de esos parajes; ha vendido extraños tejidos con mercaderes orientales; fue, como Leda, madre de Helena de Troya, y como Santa Ana, madre de María; y todo eso le importó tan poco como la melodía de las liras y de la flauta; y sobrevive tan sólo en la delicadeza de los rasgos cambiantes y en cierto tono de los párpados y de las manos." Y yo digo a mis amigos: "El ser que de forma tan extraña surgió de las aguas reproduce el deseo del hombre durante miles de años"[…]."

Vera Lux

De esta manera, la pintura llega a ser, bajo nuestra mirada, más bella de lo que es en realidad y nos revela un secreto que ella misma desconoce, y la música de la prosa mística es tan dulce para nuestros oídos como la del flautista que prestó a los labios de la Gioconda esas curvas sutiles y envenenadas.

El crítico artista, Oscar Wilde


La obra completa: aquí

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el 16 de octubre de 1854, en Dublín nace Fingal O'Flahertie Wills, Oscar Wilde, para la posteridad. Hijo de un célebre cirujano irlandés y de una madre escritora. Cursó estudios en el Trinity College de esa ciudad. En su juventud participó en las reuniones literarias que organizaba su madre. Como estudiante en la Universidad de Oxford, destacó en el estudio de los clásicos y escribió poesía; su extenso poema Ravenna ganó el prestigioso premio Newdigate en 1878. Discípulo de Walter Pater y muy influenciado por el pintor Whistler, en 1891 publicó una serie de ensayos (Intenciones) que dieron pie a que se le considerase uno de los máximos representantes del esteticismo, cuyos aspectos más deslumbrantes y exquisitos puso de manifiesto tanto en su obra como en su vida. Oscar Wilde siempre hizo gala de un carácter excéntrico, llevaba el pelo largo y vestía pantalones de montar de terciopelo, se le conoció como uno de los integrantes del movimiento Dandy. Su primer libro fue Poemas (1881), y su primera obra teatral, Vera o los nihilistas (1882). Se estableció en Londres y, en 1884, contrajo matrimonio con una mujer irlandesa muy rica, Constance Lloyd, con la que tuvo dos hijos. Desde entonces, se dedicó exclusivamente a la literatura. Wilde quiso hacer de su vida un auténtica obra de arte, fiel a los planteamientos del estetismo finisecular y recogiendo la sensibilidad finamente decadentista de los prerrafaelistas. Logró así centrar la atención en su carácter extravagante y provocador, en el ingenio de sus convesaciones y en una amoralidad de la que hizo bandera en el conocido episodio final de su proceso y encarcelamiento por homosexualidad. En 1895, en la cima de su carrera fue acusado de sodomita por el padre de lord Alfred Douglas, el marqués de Queensberry, de sodomía. Se le declaró culpable en el juicio, celebrado en mayo de 1895, y, condenado a dos años de trabajos forzados; salió de la prisión arruinado material y espiritualmente, de allí viene su obre De profundis. Pasó el resto de su vida en París, bajo el nombre falso de Sebastian Melmoth. Se convirtió al catolicismo el 30 de noviembre de 1900, poco antes de morir. Provocador, crítico, sensible...

lunes, 6 de julio de 2009

La nueva Leda, de Darío Herrera

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La nueva Leda

de Darío Herrera


–La tarde está linda, mamá; hoy no siento ninguna fatiga, no he tosido desde esta mañana... ¿Ves? Respiro muy bien, y creo que pronto estaré buena. Déjame ir a Palermo: no es día de corso y el paseo me pondrá mejor... te lo aseguro.


La madre contempló a la hija con su angustiosa mirada de siempre, y un rayo de esperanza brilló en aquellos ojos. Sobre la demacración terrosa del rostro de la joven, aparecía difun­dida una leve aurora; las pupilas tenían resplandores más in­tensos, y todo el semblante ostentaba inusitada animación, cual si en aquel organismo, corroído por la tisis, comenzara a realizarse una resurrección milagrosa.


El permiso fue concedido; y de la Avenida Alvear la victo­ria partió, al trote del vigoroso tronco. Recostada sobre los cojines del carruaje, Julia bebía con fruición el aire oxigenado de la gran calzada. Iba sola, y esto la contrariaba. Experimentaba la necesidad de hablar; una alegría secreta, cual fluido mágico, le circulaba por los nervios. Nunca se sintió en tan benéfica disposición moral; sus ideas tejían sueños luminosos, y su cuerpo impregnado de ese jocundo baño interno, se aligera­ba, llenábase como de vida nueva, e imprimía a sus músculos agilidad y fuerza... Sí, experimentaba la necesidad de hablar, de comunicarse con alguien, y lamentaba no llevar a su lado a alguna amiga. Pero carecía de amistades íntimas, hacía va­rios años. El mal se inició durante el paso peligroso de la in­fancia a la pubertad, y su manifestación más significativa fue una melancolía constante, que la retrajo de todo trato social. No se la veía desde la época en que, sana y fresca como las yemas primaverales, vertía en torno suyo el encanto de su in­teligencia precoz y la gracia de su prometedora belleza. Así, atravesó en su victoria, inadvertida, por entre los concurren­tes de Palermo, y fue a situarse junto al lago, bajo la radiosa calma vespertina...


Y en la tarde declinante, el lago esplendía como un espejo, en su quietud bruñida. Los árboles de la orilla lo circundaban, proyectando sus sombras en el agua hospedadora. Por inter­valos, desprendíase alguna hoja seca, voltejeaba en el vacío, y descendía a posarse sobre la superficie temblorosa. De las ave­nidas inmediatas, sordos e intermitentes, llegaban el ruido de los carruajes, el rehilar de las bicicletas, o el murmurio de las pisadas de los paseantes. Y la sensación de soledad del sitio, rota un momento, recobraba su imperio; y entonces, vibraba más claro y musicalmente el vuelo de la brisa entre el ramaje sonoro. Arriba, el cielo lucía incólume su azul, pálido como seda antigua; y en el horizonte, una gran nube de violeta epis­copal, era como un suntuoso catafalco que la noche prepara­ba al sol.


De improviso, en un recodo del lago, muy cerca, surgieron dos cisnes; avanzaron, e inmovilizáronse luego sobre la onda trepidante. Parecían contemplar, con recogimiento medita­bundo, la extenuación de la luz. Eran distintos: el uno blan­co cual un copo de nieve virgen; y el otro negro como tercio­pelo funerario; ambos igualmente hermosos en sus opuestos plumajes... Julia los miraba desde su coche, en el que hacía unos minutos se tendía con languidez, perezosa, fatigada, mientras un secreto malestar, una vaga opresión, le acongoja­ba el pecho, tal como si una bomba neumática, lenta, furtiva­mente, le extrajera de los pulmones pequeñas dosis de aire. El cisne negro la entristecía, sin saber por qué; antojábasele un pájaro mortuorio, y su pico teñido en sangre por algún acto cruel. En cambio, el blanco, al cual iban con más insistencia sus ojos, le traía al cerebro una visión lejana, cuando, años an­tes, viajaba con sus padres por Europa: un cuadro pictórico, visto no se acordaba dónde, en París, o en Roma, o en Flo­rencia. En el cuadro, un soberbio cisne, de blancor lácteo, desplegaba amorosamente sus alas sobre el cuerpo desnudo de una mujer, cuyas carnaciones opulentas parecían bañadas en una luz blonda. El cuello del ave se estiraba hasta el rostro, y su pico posábase en la boca, audazmente, como ávido de beber la sonrisa de los labios entreabiertos… aquel cuadro mirado con indiferencia infantil, había persistido por uno de tantos fenómenos cerebrales, en la memoria de la niña, y de su estado latente pasaba ahora a evocación activa, cristalizándose, lleno de revelaciones… «¡Qué dulzura suprema –pensaba Julia– la de esas alas sedosas, tibias, sobre la piel estremecida de la inspiradora del cuadro!»


A este punto, un escalofrío le recomo el cuerpo como rá­faga glacial. La tarde, sin duda, se enfriaba. Arrebujóse en el abrigo, puesto en el coche por la previsión materna, y volvió a recostarse sobre los cojines. La fatiga le aumentaba; crecía el secreto malestar de su pecho. Intentó retirarse, mas la detuvo el pensamiento de que si allí, en aquel paraje despejado, el aire le era esquivo, peor le sería en cualquiera otra parte. Sin embargo, y a pesar del abrigo, un escalofrío más recio le frotó de nuevo la epidermis, sacudiéndola toda. Sutiles corrientes de hielo deslizábanse ahora en la circulación de su sangre. Los oídos le zumbaban. Por el rudo latir de las sienes adivinaba que la cabeza le dolía, que le dolía violentamente; empero, el dolor escapaba a su percepción mental, le era insensible. Y la ligereza fluida de su carne, en vez de aminorar, progresaba, prestándole la ilusión de ser ya un elemento etéreo... Súbito, el paisaje se nubló; los seres y las cosas circundantes palide­cieron, perdiendo sus perfiles y contornos. Luego se borra­ron, se disiparon, se extinguieron y ante sus ojos sólo quedó flotando una gruesa bruma gris.


En verdad, aquello era anormal. Así lo comprendió Julia. Dióse también cuenta de que en ella moraba la causa, de que había recrudecido su enfermedad, de que se hallaba, tal vez, muy grave. Convino, de modo cabal, en lo urgente de su re­greso a la casa; y trató de incorporarse para dar al cochero la Borden. Pero dominaba su voluntad una inercia imperiosa, y su pensamiento permaneció incapaz de exteriorizarse. Y no pudiendo abandonar su actitud, inapta a toda acción física, cerró, resignada, los ojos, al peso insostenible de los párpa­dos... Entonces, al través de ellos –cual si fueran substancia translúcida– vio operarse una como representación teatral, en la que, a un tiempo, ella actuaba y presenciaba, siendo, por tal virtud, la espectadora de sí misma.


En su casta desnudez, semejante a una flor cándida, Julia se mecía sobre el lago. El agua era templada; pero a ratos, colá­banse por entre ella hilos finísimos de un líquido más denso, un líquido congelante, a cuyo roce el cuerpo le tiritaba con temblores espasmódicos. El firmamento, velado por nubes caliginosas, era una lámina de plomo; y sobre ese fondo, som­bríamente gris, en el cénit, un sol enorme, níveo, como de plata fundida, flameaba. La hoguera meridiana encendía la at­mósfera; y ésta, bochornosa y rarefacta, producía en jadeos sofocados.


En torno suyo, distante, un cisne blanco trazaba círculos centrípetos. Verificaba la aproximación despacio, en silencio. A medida que se acercaba, engrandecía, abrillantándose su blancura hasta despedir reflejos deslumbradores. Ya junto a ella, gigantesco, irradió un calor húmedo, y la envolvió en él, provocándole una transpiración copiosa. En seguida le rozó el cutis con la felpa del plumón; el pico le cosquilleó en los labios, y las alas tendiéronse y empezaron a abanicarla rítmi­camente... Pero todos estos contactos no la deleitaban, ni le eran siquiera inofensivos; antes bien, causábanle agudos mar­tirios. El plumón tenía la frialdad cáustica de la nieve; sobre su boca el pico imitaba una ventosa que le sorbía, poco a poco, con tenacidad implacable, la respiración; y el aire, re­movido por aquel inmenso abanico, carecía de frescura, tor­nándose, al contrario, en una especie de gas, cada vez más as­fixiante. Y el terrible pájaro gravitaba, ya por entero, en sus miembros paralizados, con peso abrumador. Y le fue odioso, infinitamente odioso; y como su cuello curvo serpenteaba sin cesar delante de los ojos de ella –de nuevo abiertos, casi exorbitados– alargó los brazos para asírselo; para, a su turno, asfixiarlo, estrangulándolo, y de esta suerte cobrarle todo su sufrimiento...


La extraña dualidad que poseía le permitió verse: sus manos se agitaban en el espacio, persiguiendo, en pugna encarnizada, el cuello del cisne. Y aquel cuello serpentino la chasqueaba, siempre, evadiéndose de los dedos con vertiginosa rapidez, en una burla abominable, en un zigzaguear tormentoso. La lucha duró unos minutos; al fin cansada abatió los brazos, recuperán­dola su inercia. Y para salvarse, al menos, de la visión de esa víbora blanca –la cual, después de oscilar burlona ante su vis­ta, reanudaba en los labios la horrible succión del aliento– con­virtió los ojos a lo alto. El cielo presentaba una modificación siniestra: tenía ahora el tinte de un terciopelo fúnebre. Y sobre aquella techumbre fatídica, fijo aún en el cénit, el sol se había trocado, en una esfera roja, de un rojo sangriento y opaco. También la actitud de ella en el lago era diferente: hallábase en pie, rígida, encima del agua, que la soportaba y retenía como una imantada superficie sólida. Y así, erguida, el malestar interno se guía su labor torturadora, duplicado, mientras fuera las alas con­tinuaban abanicándola, removiendo, transmutando el aire, enviándoselo en ondas crecientes de gas asfixiador. Y sobre su car­ne convulsiva el contacto del plumón era más frío...


Un brusco dolor en el pecho, un dolor atroz, destrozante como una mordedura la obligó a bajar los ojos. Y su espanto no tuvo límites. El monstruoso pájaro le horadaba el pecho, arrancándole pedazos de carne viva... La miraba agresivo dar–deándola con sus pupilas íbsfóreas en centelleos malignos. Luego, el pico volvió a penetrarle por el seno izquierdo, tala­drándoselo, y empezó, dentro, a hurgarle en el pulmón, a mordérselo, a desgarrárselo, deshilacliándoselo fibra por fibra con parsimonia feroz. El suplicio de ella era horroroso, y lo acrecentaba hasta lo imponderable su tiránica inercia...


Ya se creía condenada irredimible de aquella tortura, cuan­do he ahí que un tercer actor intervino, surgiendo, de repen­te, entre ambos. Era un cisne negro, gigantesco también, de lustroso pico escarlata, de plumaje aterciopelado, de aspecto, a la vez, lúgubre y espléndido. Y a su presencia, el blanco re­trocedió, se alejó, huyó veloz, evaporándose en la penumbra reinante... «Éste viene a seguir más cruelmente la obra del otro» –se dijo Julia, desesperada. Pero ¡oh prodigio! el negro cisne la estaba contemplando benigno, con ojos cariñosos, con ojos maternales, con ojos de una infinita dulcedumbre. Y sus alas se abrieron, y la arroparon, tibias, sedosas, acari­ciantes. Y aquella comunión de sus cuerpos, infiltraba en el de Julia un bienestar inefable: le anestesiaba el pecho, se lo untaba como de un bálsamo maravilloso, y le desvanecía to­dos los dolores, todas las angustias, todos los tormentos... En tanto, no se apartaban de los suyos los ojos del ave, llenos de no sabía qué ultraterrena ternura. Después, el pico la besó en la boca... y Julia sintió que deliciosamente se dormía.


Fue el beso piadoso de la muerte...


Kotász Károly





Darío Herrera (1870 - 1914) fue un famoso escritor modernista y diplomático panameño. Como diplomático desde 1897 recorrió Ecuador, Perú, Chile y Argentina, colaborando en éste país en el periódico La Nación de Buenos Aires. En 1904 es nombrado Cónsul en Francia, pero renuncia poco después por motivos de salud. Entre 1905 y 1906 visitó Cuba, El Salvador y México, donde realizó periodismo. En 1908 fue nombrado vicecónsul en El Callao, Perú; y en enero de 1911 fue nombrado Cónsul general. En enero de 1913 es nombrado Cónsul en Valparaíso, Chile; donde fallece.






Darío Herrara destaca sobre todo en el género narrativo, aunque en vida es reconocido sobre todo por su poesía. Gozó de prestigio continental y disfrutó del aprecio de los mejores escritores de su época. La obra poética de Herrera se caracteriza por una marcada influencia de Ruben Darío, y al igual que los parnasianos, demuestra una constante preocupación léxica y formal. En 1903 publicó Horas lejanas, el primer libro de cuentos publicado por un panameño y donde se recioge el cuento "La nueva Leda"

domingo, 5 de julio de 2009

Onetti y la infidelidad de Leda: la doble moral


Como seguimos con nuestro humilde homenaje, encontramos otra vez a Onetti y de nuevo al cuervo impertinente, ya amigo, ya alter ego del escritor, quien le cuenta haber leído sus escritos y en una divertida carta (que recordemos que el cuervo va de editor, crítico y demás), le expone varios casos sobre censura, lo que se debe decir y lo que no, en fin sobre la libertad de expresión y la doble moral. El cuervo le cuenta al atormentado escritor la historia de Friné, una griega que iba de modelo y cortesana y un poco bocona a quien se le ocurrió no respetar:

"... un par de leyendas que alcanzaron categoría de sagradas. Es costumbre. Friné opinó en público que las historias contadas por Leda y Dánae sobre sus no deseadas seducciones, el cuento del cisne, el cuento del chorro de oro, no eran más que eso: cuentos destinados a maridos o amantes alérgicos a la infidelidad".

La historia de la desdichada y bocona Friné puede ser leída completa en: Prohibido rasgar. En fin, el cuento es para leer sin censuras. Nos exhorta, entre otras cosas, a ser más tolerantes, que la doble moral no es un asunto de griegos, aún es un vicio que llevamos a cuestas en el siglo XXI.


José García y Más

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Un poco de Onetti por él mismo en una entrevista realizada en Televisión Española en 1977


Leda y Onetti: un cuervo hablando del cisne


Esta semana se han cumpido 100 años del nacimiento del genial Juan Carlos Onetti, un provocador, un "Agent provocateur" de la literatura latinoamericana. Como agradecimiento por su inmortal obra, hemos querido brindarle un pequeño homenaje de la forma en que sabemos y nos gusta hacer: con Leda. Para ello, nada mejor que recoger dos guiños que hizo a nuestra reina. El primero, que aquí reflejamos, aparece en un cuento cuyo título nos recuerda a otro relato de un gigante de la literatura latinoamericana. Pero hablemos sin desviarnos... Onetti, en el cuento "Otro obsceno pájaro nocturno", nos presenta una referencia, irónica y provocadora, en boca de un cuervo (protagonista de la historia):

"Porque, dios y todo, el cisne de Leda nunca murió de consunción. Y la alondra de Shelley nunca pasó de pretexto literario. Yo, en cambio, aun pronunciando el inglés con fuerte acento de Bowery, tuve bastante con dos palabras para revivir en la memoria y en la desdicha de los hombres mientras sigan poblando este planeta tantas veces condenado por profetas o fabricantes de armas. Sin ir más lejos..."

No es un cuento tierno ni complaciente, es un cuento en el que se retratan los miedos y las angustias del escritor, de cualquier escritor. El protagonista se encuentra con el famoso cuervo de Poe (en este narración va Onetti de intertextual): never more, y éste se comporta como lo que es un cuervo, o un crítico o un editor...

Giovanni Buzi


El cuento completo: "otro obsceno pájaro nocturno", porque ya existía uno, el de José Donoso....

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Mi literatura es una literatura de bondad. El que no le ve es un burro...

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo el 1 de julio de 1909. Solía decir que tuvo una "infancia feliz". Voluntariamente deja los estudios secundarios. Poco después comienza a trabajar, y durante varios años desempeñará diferentes puestos: portero, mozo, vendedor de entradas, vigilante etc. Durante algunos meses de 1928 y 1929 participó en la revista "La tijera". En 1929 intentó viajar a la Unión Soviética, con el propósito de conocer un país "donde se estaba construyendo el socialismo", pero su desconocimiento del ruso lo desalentó. En Buenos Aires se establece. Se gana la vida vendiendo calculadoras. Publica algunas notas sobre cine en Crítica. En 1933 aparece en La Prensa su cuento "Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo". Por esa época escribió una primera versión de su novela corta "El pozo". Los originales se extraviarán en una mudanza. Cuando estalla la Guerra Civil española, en 1936, trata infructuosamente de enrolarse en las Brigadas Internacionales que apoyan a la República. En diciembre de 1941 aparece su primera novela "El pozo" con una tirada de 500 ejemplares. En 1941 empieza a trabajar en la Agencia Reuter. Conservando este empleo, a mediados de año se traslada a Buenos Aires, donde permanecerá hasta 1955. En 1945 aparece en La Nación "La casa en la arena", donde se inaugura la "saga" de Santa María, la ciudad mítica onettiana que se delimitará con mayor precisión en "La vida breve" (1950) considerada por él su mejor novela. A finales de 1955 retorna a Montevideo. Traba amistad con el presidente de la República Luis Batlle Berres (a quien dedicará El Astillero) y empieza a trabajar en su diario, "Acción". Hacia fines de año se casa por cuarta vez con la joven argentina Dorothea Muhr (Dolly), su compañera hasta el final. En 1957 es designado Director de Bibliotecas en la División de Artes y Letras de la Intendencia Municipal de Montevideo, hasta su renuncia el 4 de marzo de 1975. En 1962 obtiene el Premio Nacional de Literatura. En 1972 es elegido como el mejor narrador uruguayo de los últimos cincuenta años en una encuesta realizada por el semanario Marcha y "El Astillero" obtiene el primer premio a la mejor novela latinoamericana publicada en esa lengua en el período 1971/1973. En 1974 Onetti y otros miembros del semanario son apresados por el régimen militar. Permanece en prisión cuatro meses. Invitado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, viaja a esa ciudad y fija allí su residencia. Colaborará con artículos en El País. En 1980 el Pen Club Latinoamericano en España propone al Comité Nobel de la Academia de Suecia la candidatura de Onetti. Ese año obtiene el Premio Cervantes de Literatura. Recibe el Premio Nacional de Literatura. En 1989 el realizador argentino Pedro Stocky lleva al cine su novela "La cara de la desgracia" y en 1990 recibe el Premio de la Unión Latina de Literatura "por su espíritu universal". En 1993 se publica la que será su última novela, "Cuando ya no importe", que hará las veces de testamento literario. Onetti muere en 1994 una clínica de Madrid, ciudad en la que pasó sus últimos 19 años, enclaustrado los diez finales, sin salir prácticamente de su cama. Según su última voluntad, sus restos fueron incinerados y sus cenizas no serán trasladadas al Uruguay.
Me pareció muy ilustrativo lo leído en estas páginas sobre la obra de Onetti:

Variaciones Onetti 3
A cien años del nacimiento de Onetti

domingo, 28 de junio de 2009

Leda y su cisne: entre ángeles


La paremia es un enunciado breve, sentencioso e ingenioso que trasmite un mensaje en el que se incita a la reflexión intelectual y moral, a veces pienso que no incitan nada, pero algo dejan flotando en el pensamiento.... Con este nombre se agrupan los adagios, los aforismos, axiomas, proverbios y refranes.

El poeta Rafael Pérez Estrada nos ofrece un texto titulado Relación y naturaleza de los ángeles, que no sabemos si vaya de prosa poética, o sean aforismo o adagios (no entraremos en los detalles si son sofismas, Quaternio terminorum o reales axiomas)... El caso es que nos deja con una referencia a la naturaleza celestial de la unión entre Leda y su Cisne. Y nos gusta más pensar que son poéticos proverbios en la que la falacia se omite y sólo nos quedan hermosos versos numerados, que componen un poema en el que la divinidad, el juego literario y la tremenda fuerza poética de la unión da más para la imaginación, para el sueño, para la ensoñación...

Del texto tomaremos cinco en los que Pérez Estrada nos ilustra sobre la naturaleza angelical (demoniaca o santa), del cisne, de Leda, de la imaginación:

1. Volar es el resultado de una intensa pasión, nunca de su práctica.

6. Los ángeles mudan sus plumas en otoño.
63. El plumero es un escarnio para el ángel.
73. De la unión de Leda y su Cisne nace un ángel.

74. De la unión de Leda y Luzbel nació el cisne australiano, madre de todos los sofismas.


Vashkevich Ruslans



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Rafael Pérez Estrada
(Málaga 1934-2000). Es uno de los poetas y narradores españoles más originales e innovadores de las ultimas décadas. Finalista del Premio Nacional de Literatura en los años 1987 y 1989, sus textos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, sueco y rumano. Entre sus libros se encuentran: Conspiraciones y conjuras (1986), Libro de los espejos y las sombras (1988), Libro de los Reyes (1990), Los oficios del sueño (1991), La sombra del obelisco (1993), El domador (1995), Ulises o libro de las distancias (1997), El ladrón de atardeceres (1998), y la Extranjera (1999). Manuel Alvar escribió sobre Pérez Estrada: "Dificil encontrar un poeta con la vehemente imaginación de Rafael Pérez Estrada. Ni con su sensibilidad. Ni con su sentido de la ironía. Ni con la voluntad de aunar mundos opuestos. Asomarse a su literatura es vivir una tensión insólita, porque nada tiene que ver con la realidad, si acaso con la fantasía más desbordada" (Blanco y Negro, 1994). "Leer a Rafael Pérez Estrada es dejarse deslumbar por el resplandor de su escritura, la única escritura solar que existe hoy en nuestra lengua" (Ana Maria Moix, ABC Cultural, 1994).

Leda y el loro, de Alejandra Pizarnik


La que por un cisne

de Alejandra Pizarnik

Rió el loro al ver a Leda encamada con un cisne.

— Y vos dále que dále con el blanco paxarito. ¿Y si te deja enjinta?

— Pinto la cinta de la finca —Leda dixit.

— Abrí ese traste, sotreta —dijo el cisne quien, sibilino cual cerrajero de Silos, descerrajóle el ano a la enana que, mojada cual mojarrita comprando en Harrods una jarra, no reparó que el arúspice, le hacía ver las estrellas.

Extraído de Pizarnik, A. (1982). Textos de sombra y últimos poemas. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. p. 157.

Marianne Gravlund Ilsfort




Alejandra Pizarrik (1936-1972) fue una poeta argentina nacida en Buenos Aires. Obtuvo su título en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires y posteriormente viajó a Paris hasta 1964 donde estudió Literatura Francesa en La Sorbona y trabajó en el campo literario colaborando en varios diarios y revistas con sus poemas y traducciones de Artaud y Cesairé entre otros. Es considerada como una de las voces más representativas de la generación del sesenta siendo una de las poetas líricas y surrealistas más importantes de Argentina. Su obra poética está representada en las siguientes obras: «La tierra más ajena» en 1955, «La última inocencia» en 1956, «Las aventuras perdidas» en 1958, «Árbol de diana» en 1962, «Los trabajos y las noches» en 1965, «Extracción de la piedra de locura» en 1968, «El infierno musical» en 1971 y «Textos de sombra», publicación póstuma en el año 1982. Falleció con solo 36 años por una sobredosis como consecuencia de una profunda depresión.

En el prólogo redactado por Ruth Toledano para el libro de poemas de Alejandra publicado recientemente por El País se puede encontrar el siguiente texto:

"Toda, absolutamente toda su escritura es un camino por llegar más allá de los límites de las palabras. Y para quien las palabras son la única verdad, la sola realidad, la identidad, el yo, para alguien que concibe el lenguaje como cuerpo y viceversa, traspasar ese límite es superar su encarnación: imposible llegar hasta ahí y seguir viva (...)".

"Técnicamente Pizarnik murió de la ingestión de 50 pastillas pero, en verdad podría decirse que murió de una muerte de palabras, de la ingestión de apenas, quizá, 50 palabras. De entre ellas, unas, más peligrosas, más graves; otras, de naturaleza letal: la palabra infancia, la palabra corazón, las palabras animal, viento, pájaro, lila, verde, gris, las palabras pura, miedo, noche, angustia, nada, la palabra palabra, la palabra canto, la palabra silencio. No supo, ni pudo, ni sin duda, quiso distinguirlas de la propia existencia. Dejaba dicho que las palabras tal vez sean lo único que existe, que son piedras preciosas danzando en la boca del mundo, que hasta las que se olvidan sueñan mágicamente. Pero también que las palabras se suicidan, que se visten de féretros. De ahí la belleza de su poesía, su capacidad de seducción. Pero también, de ahí, el vértigo al que se asoma, la imposibilidad de salvación que certifica. De pocos poemas puede decirse, tanto como de los suyos, que deslumbra su luz y que aterra su sombra".

miércoles, 24 de junio de 2009

Leda y una cigüeña: un guiño de Juan Valera


Juan Valera nos deja otro guiño, de estos literarios, que tanto nos sorprenden, no tanto por sus descubrimientos per se, si no por lo profundamente arraigada que está la historia de Leda y su Cisne en la cultura universal (y no sólo de los modernistas hablamos). Este guiño va en el cuarto capítulo del cuento Garuda o la cigüeña blanca .

Antes hemos de aclarar que Garuda es el nombre que según uno de los protagonistas se le da en su "patria al Dios-rey de las aves todas", al alado destructor de los dragones y de las serpientes". Aclaratoria necesaria, pues aunque no es el cisne de estirpe sagrada, esta cigüeña recibe nombre de Dios...que ya en este relato es como una especie de Mercurio o de Eros, entre amantes.

Yvonne Reek


La historia se desenvuelve entre nobles y no tan nobles. Una de las protagonista, Poldy, es una joven condesa, soñadora, solitaria, dulce y bondadosa, quien con 28 años se resistía a casarse sin amor, Esta "joven" tuvo un un pequeño y dulce encuentro con una cigüeña, no a la manera, evidentemente, de Leda y su Cisne, pero nos da pie su encuentro para tomarlo como guiño:

"Poldy iba amenudo más adelante en sus atrevidas imaginaciones. No creía ella que el pájaro zancudo que se le había aparecido tuviese la menor semejanza ni con el cisne de Leda ni con el toro blanco de la gallarda hija de Agenor; pero ¿no podría la cigüeña ser instrumento de algún gran sabio; acaso de un genio o de una hada, cuyas poderosas sugestiones hubiese obedecido al venir a visitarla? ¿Quién se atreverá a limitar la extensión de lo posible? Si no fuésemos a creer sino lo que comprendemos, apenas creeríamos nada".

Nada más que decir, los invito a leer una historia en la que una Leda alemana a través de una cigüeña encuentra el camino de su vida... como una Leda con otro...

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Juan Valera
Nació en Cabra (Córdoba) en 1824 y falleció en Madrid en 1905. Fue escritor, diplomático
y político. Emerge de una familia de la aristocracia venida a menos. Estudió en las Universidades de Granada y Madrid, y estuvo en el servicio diplomático acompañando al Duque de Rivas. Viajó por muchos países de Europa y América. Fue un hombre de amplia cultura, realizó traducciones, se dedicó a escribir ensayos y estudios, y publicó novelas, cartas y narraciones con estilo gracioso, realzando el ambiente, pero sin encasillarse en un movimiento literario determinado. En 1893 aparece un libro de versos de Valera, Clarín lo elogiará llamándolo «nuestro primer literato». en esa misma época es el embajador en Viena. Empieza a quedarse ciego y a tener apuros económicos. En 1904 fue elegido como miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Muere el 18 de abril de 1905. Entre sus obras más conocidas están: Pepina Jiménerz (1873), Juanita la larga (1985), Las ilusiones del Doctor Faustino (1875), Genio y Figura (1897), entre otras.