domingo, 25 de abril de 2010

Mi encuentro con Leda: melancolía


Teniendo una conversación con Leda y mirando su tristeza, le he preguntado qué le ocurre... ella, tan reina y tan triste me ha dicho:

"- He aprendido a observar a los cisnes, mejor dicho, al Cisne, a mi Cisne, y me he dado cuenta de que mientras más lo veo, lo observo, lo palpo, lo acaricio... más se me parece a un hombre, es más mío que nunca y sin embargo sé que será poco el tiempo que tendrá para mí, siempre otras urgencias lo retiran, se lo llevan, me abandona... Para mí es un ave distante, grande, adorado, amado, como un Dios... me he acostumbrado a que sea mi ave migratoria, alta, inmensa e inalcanzable en esencia es mi hombre, es presencia es mi Dios.

Difícil saber si su corazón pueda llegar a ser humano, distinto... entre tanta dulzura,
entre tanto sexo, entre tanto amor, entre tanta espera, entre tanta despedida, entre tanta tristeza y tanta alegría, entre tanta ternura; no, no quiero que sea humano.

Con cada despedida, querida Mariana, me he dado cuenta que ni la eternidad me borrará al cisne, sus marcas, sus caricias y su pico en mi piel. Ya basta de tanto Tindáreo, ya fue suficiente de tantos artistas... ahora, otra vez, ahora que se ha ido, mis urgencias están en su pensamiento.
Ahora soy otra vez la princesa de Rubén Darío... sigo triste, estoy triste y me desmayo en este rincón como una flor olvidada".
Entonces la princesa mira al infinito, observa ese mar, y con una lágrima le dice al horizonte:
"Mi dulce cisne, cómo te echo de menos".

Yo me retiro pensando en la melancolía de Leda y recordando una estrofa dariana:

¡Melancolía de haber amado,
junto a la fuente de la arboleda,
el luminoso cuello estirado
entre los blancos muslos de Leda!


Wunderlich

jueves, 8 de abril de 2010

Con Darío y abriles


Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda!

Rubén Darío

IV

Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda!
tu dulce vientre cubrió de seda
el Dios.
¡Miel y oro sobre la brisa!

Sonaban alternativamente

flauta y cristales, Pan y la fuente.


¡Tierra era canto, Cielo sonrisa.
Ante el celeste, supremo acto,
dioses y bestias hicieron pacto.
Se dio a la alondra la luz del día,

se dio a los búhos sabiduría

y melodía al ruiseñor.


A los leones fue la victoria,

para las águilas toda la gloria

y a las palomas todo el amor.

Pero vosotros sois los divinos

príncipes. Vagos como las naves,

inmaculados como los linos,
maravillosos como las aves.

En vuestros picos tenéis las prendas
que manifiestan corales puros.


Con vuestros pechos abrís las sendas

que arriba indican los Dioscuros.

Las dignidades de vuestros actos,

eternizadas en lo infinito,

hacen que sean ritmos exactos,

voces de ensueño, luces de mito.


De orgullo olímpico sois el resumen,

¡oh, blancas urnas de la armonía!

Ebúrneas joyas que anima un numen

con su celeste melancolía.


¡Melancolía de haber amado,

junto a la fuente de la arboleda,

el luminoso cuello estirado

entre los blancos muslos de Leda!


Seiichi